martes, 22 de julio de 2008

23 DE ENERO DE 1958: cuando el consenso superó los extremismos

La madrugada del jueves 23 de enero de 1958 el último dictador del siglo XX venezolano abandona, desde la base aérea de La Carlota, la ciudad de Caracas. Diarios como El Nacional imprimieron ediciones extraordinarias con inmensos titulares con no menos rimbombante contenido: “Derrocada la tiranía”. El general Marcos Evangelista Pérez Jiménez dejaba el país, y atrás un enigma sobre el futuro del llamado “Gobierno de las Fuerzas Armadas”.
Había pasado casi una década del ensayo militarista venezolano, cuando el 24 de noviembre de 1948, la oficialidad que depuso al presidente Medina tres años antes, se desembaraza de su socio incómodo, el partido Acción Democrática que, irónicamente, se creía en la plenitud de una apuesta civilista, inédita en el país. Luego del derrocamiento de Rómulo Gallegos la institución castrense en el poder evoluciona en sus formas y en sus métodos, hasta llegar a ese punto de quiebre que significa las elecciones del año 1952. De la “dictablanda” a la “dictadura”, pero con un ingrediente que de forma paulatina dejará sentir su peso para luego revertirse contra quien lo intenta aplicar: el personalismo.
Aquel régimen verde oliva deja de ser corporativo para revivir un fantasma contra el cual se habían alzado los fusiles más de un lustro atrás: la autocracia. Pérez Jiménez ya no es el representante o cabeza visible de sus compañeros de armas, sino un ambicioso déspota con un proyecto individual, junto a una camarilla –ahora de civiles- que trastoca el espíritu octubrista. El fraude plebiscitario de 1957 señala sin medias tintas el viraje de quien pregona el “Nuevo Ideal Nacional”.

¿Por qué, si se trata de un gobierno de ‘las Fuerzas Armadas’, debía ser Pérez Jiménez su único Presidente? ¿por qué no había sucesores? Con el plebiscito del 57 Pérez Jiménez demuestra definitivamente al Ejército que su único interés era gobernar y no importa en nombre de quién.(1)

La caída de Pérez Jiménez será un “asunto militar” esencialmente, pero no en exclusiva. Restarle peso al aspecto castrense es un error; pero lo es también colocarlo como el único factor que contribuyó a la huida del dictador tachirense. Otros actores, con menor grado de influencia sin duda, venían ejerciendo presión, como el caso de los partidos políticos, que aunque en su mayoría ilegalizados, perseguidos y casi exterminados, luchaban en la clandestinidad contra la dictadura.
Con todas sus limitantes, la Junta Patriótica es la expresión “civil” de esa resistencia. Pero también convergen la Iglesia, con malas relaciones con el régimen luego de la pastoral de Monseñor Arias y el encarcelamiento y posterior destierro de esa suerte de esa suerte de “operador político” de los hombres de sotana, llamado Rafael Caldera, líder fundador del partido COPEI.
En la sumatoria de elementos no podía quedar por fuera el poder económico. La burguesía criolla había vivido una era de esplendor en el quinquenio perezjimenista. Un régimen de derecha, anticomunista y muy proclive a dar todas las facilidades y protección a la economía de mercado, con la bendita protección del maná petrolero. Sin embargo, aquel gobierno de positivismo edulcorado comienza a experimentar algunos contratiempos en sus arcas hacia 1957, que le impiden cumplir con sus compromisos internos y externos, al tiempo que la fortaleza de los hidrocarburos merma como arma para el sometimiento o el “convencimiento”, por las malas o por las buenas.
La tradicional postura acomodaticia de los grandes apellidos se manifiesta cuando el mandamás de Michelena está a punto de perder el sólido basamento que lo hacía parecer como atornillado en Miraflores. Con un panorama tan adverso, sólo era cuestión de días, contados a partir de la intentona del coronel Hugo Trejo en año nuevo de 1958, que Pérez Jiménez dejase el camino libre a un nuevo orden de cosas. O en un primer instante, aquel 23 de enero, no tan “nuevo”, si consideramos que son las Fuerzas Armadas las que asumen el control del país. Ya no reconocen a quien se pretendía como su líder o representante en un proyecto gubernativo más de carácter institucional que caudillista, aunque sería impropio o inexacto el término, pues no fue precisamente la popularidad y el carisma, lo que caracterizó al general que escapa en la “Vaca Sagrada”.
El 23 de enero de 1958 demuestra algo adicional en los distintos componentes armados: la falta de unanimidad o cohesión perfecta. Ya eran palpables diversas tendencias que hacen moviendo pendular del centro a la izquierda, y del centro a la derecha. Siendo una acción básicamente militar, podría constituirse en un mero trámite, de un nombre por otro ¿de Pérez Jiménez a Larrazábal?, pero no fue así. Las fracturas de los uniformados no permiten la continuidad imperturbable del gobierno de las Fuerzas Armadas, más allá de la anulación de las tentaciones personalistas. Ya el asunto no era simplemente neutralizar a un aprendiz de autócrata, a un déspota en jugada individual, para devolverle el carácter corporativo al régimen.
En muchos aspectos ya no era la Venezuela de 1945, ni la de 1948, ni aquella que –pasmosa tranquilidad- vivió y padeció los fraudes de 1952 y 1957. Existía un germen recorriendo las entrañas de la sociedad –lentamente sin duda- pero haciendo efecto, desde febrero de 1928. Una segunda manifestación se produce en febrero de 1936, con la inevitable apertura lopecista, para entrar en ebullición en el trienio adeco; ese particular ensayo político donde un civilismo partidista (extremadamente confiado) compartió el lecho con su más acérrimo enemigo: el militarismo.
La efervescencia social, en todos los estratos y sectores, que se da en 1958, recuerda precisamente aquella Venezuela de diciembre de 1935. Horas antes del fallecimiento del tirano Juan Vicente Gómez, nadie podía pensar una locura colectiva devenida en saqueos y reclamos de libertad y respeto a los derechos elementales del ser humano. Igual en el ocaso del Nuevo Ideal Nacional. Aunque las fisuras podían ser detectadas, meses antes del fraude plebiscitario de 1957 y del alzamiento de Trejo del 1° de enero de 1958, nadie imaginaba que, en menos de un año, los venezolanos iban a elegir por voto universal, directo y secreto, un nuevo presidente y congreso nacional.
¿Midieron esa posibilidad los militares encabezados por Larrazábal? ¿Pensaron que al alzar vuelo la Vaca Sagrada iban a un “mero trámite” entre iguales, es decir, entre militares? ¿Podrían darle la espalda a la sociedad entera y gobernar solos? La calle les envió otras señales, incluso, las elites económicas, intelectuales, sindicales y gremiales, también dieron un discurso distinto. Así como López Contreras no pudo aplicar un “guión cerrado” un “caletre” de Gomecismo sin Gómez, mucho menos se pretenderá en enero de 1958 un Gobierno de las Fuerzas Armadas, pero sin Pérez Jiménez. Cualquier vínculo, aunque sea simple puente para unir la transición del pasado con el presente, recibe las más agrias manifestaciones de rechazo.

En esa misma calle que, al anunciarse la composición de la nueva Junta de Gobierno, militar, en su totalidad, se vuelve a desbordar protestando por su presencia en ella de dos de los más sombríos representantes del régimen anterior, los oficiales Abel Romero Villate y Roberto Casanova. El nuevo gobierno cede y los dos militares son sustituidos por dos empresarios civiles, Eugenio Mendoza y Blas Lamberti.(2)

Un aviso que no deja lugar a malos entendidos y que va perfilando lo que ha de ser la nueva realidad política que debe “parir” el 23 de enero 1958: un rechazo a los extremismos, en este particular, al militarismo de derecha, doliente del perezjimenismo y que busca subsistencia tras el derrocamiento del dictador. Mal cálculo por lo demás, que no es el caso de la burguesía criolla que, irónicamente, aprovecha un rol de mayor protagonismo cuando son defenestrados sus anteriores protectores. Pueden hacer ciertas concesiones, pero nunca consentirá una escalada marxista en Venezuela. La habilidad de los “amos del valle” hará sentir su influencia para que el otro extremismo, el de izquierda, también sea desechado en el país que se diseña en aquel momento.
Claro que, sobre esto último, no sólo será empeño del empresariado, sino del Iglesia Católica, lo cual obligará al principal partido nacional a hacer casi una “profesión de fe” para expiar cualquier pecado rojo. Acción Democrática debía dar garantías de no provocar, siquiera, la más mínima sospecha de simpatías con Moscú. Fresco estaba el recuerdo del Trienio, cuando el decreto educativo 321 enfrió para siempre las relaciones entre el partido de Juan Bimba y los representantes de Dios en la Tierra. Por si fuera poco, un héroe de la Segunda Guerra Mundial gobernaba en la primera potencia del planeta, y para colmo de males, era Republicano. Era el mismo gobierno que había catalogado, en un escenario de Guerra Fría, a Marcos Pérez Jiménez como un “presidente modelo” para Latinoamérica y fiel defensor de los intereses norteamericanos en la región. Ese actor, llamado Estados Unidos de América, no podía ser tomado a la ligera, si el régimen en gestación quería tener futuro. No era una crisis política en Barbuda o Martinica, sino en un suplidor vital de petróleo para el hemisferio occidental, y donde inmensas inversiones estadounidense estaban en juego.
La “profesión de Fe” anticomunista de la cual hablamos, queda plasmada el 31 de octubre de 1958, cuando Rómulo Betancourt (AD), Rafael Caldera (COPEI) y Jóvito Villalba (URD) acuerdan el histórico “Pacto de Punto Fijo”. Betancourt, sin tener que dar muchas explicaciones, con dos simbólicas acciones, ya está dejando por sentada la naturaleza de su futura acción de gobierno. En primer término, está en el pacto un partido socialcristiano (COPEI), cuyo líder puede ser cualquier cosa menos de izquierda, y otra organización política, mucho más hacia el centro incluso que AD (URD) y de génesis antiadeca. Y en segundo lugar:

Quedó fuera de esa firma el Partido Comunista de Venezuela, PCV. Lo establecido es que fue Rómulo Betancourt, máximo dirigente de AD y su candidato presidencial, el que propuso esa exclusión, afirmando incluso algunos que no sólo la propuso sino que la impuso. (3)

Los puntofijistas se alejan lo más posible de la órbita soviética, de un proyecto internacional, que llevaría –a su entender- a otro tipo de dictadura a la sociedad venezolana. Básicamente Betancourt, confiado en su triunfo, aunque los ánimos de las grandes ciudades no le eran favorable, experimenta el exorcismo comunista, para recibir la venia de los militares(4), los empresarios, la Iglesia y Washington.
La tendencia centrista será la búsqueda máxima del consenso frente a la negación de cualquier posibilidad de conflicto que socavara las bases del endeble régimen democrático que en 1958 busca dar sus primeros pasos, con un inmediato antecedente dictatorial, un futuro incierto y un presente lleno de dificultades de todo tipo, incluyendo una crisis económica en desarrollo. El consenso implica tratar de complacer a todos los sectores sin perjudicar al otro, pero con la salvedad de no contar en este acuerdo con ningún extremo que radicalice posturas y trastoque la relativa paz nacional. O al menos, que no implique un retroceso, o un experimento ajeno a la realidad venezolana, que nos catapulte, incluso, una conflictividad de repercusión internacional. Así que ni la extrema derecha ni la extrema izquierda tendrían cabida en el puntofijismo, sino una democracia de tipo reformista, amparada, socorrida y protegida por el Dios Petróleo.
El oro negro como herramienta de arbitrio entre todos los actores de aquella sociedad que aún despierta del letargo opresivo. El consenso se impondrá a los extremismos, y será el sello de los gobiernos por venir, hasta que el modelo haga crisis al cumplir sus primeras tres décadas.
NOTAS:

(1) PLAZA, Elena. El 23 de enero de 1958. Caracas, UCV, 1999, p. 95.
(2) CABALLERO, Manuel. Las crisis de la Venezuela contemporánea (1903-1992). Caracas, Alfadil Ediciones, 2003, p. 140.
(3) URBANEJA, Diego Bautista. La política venezolana desde 1958 hasta nuestros días. Caracas, Centro Gumilla/UCAB, 2007, p. 11.
(4) En este caso podrías referirnos a militares institucionales, moderados (centro) e incluso la derecha que al menos no tendrá temores (por los momentos) de una tentación muy hacia la izquierda de estos adecos de 1958. La historia posterior evidenciará la presencia de un núcleo importante de uniformados de izquierda, que protagonizarán algunas intentonas en los primeros años de la década de los ’60, al igual que un reducido grupo de la descontenta e inconforme oficialidad derechista.

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