miércoles 25 de marzo de 2009

FEDERALISMO: entre el sueño y la pesadilla

Nota preliminar: en la hora actual de Venezuela, se ha puesto de nuevo en la palestra el añejo debate entre federalismo versus centralismo, adecuado a la circunstancia presente como una lucha de la "centralización" contra la "descentralización". O más sencillo aún (y como ocurrió en diversas épocas de antaño) la "partidización" de la pugna: CHÁVEZ (centralismo) vs. OPOSICIÓN (federalismo). En todo caso, desde la partida de nacimiento de Venezuela como nación independiente (1811), ha estado presente la diatriba en torno a ceder o no mayor o menor grado de autonomía y competencias a la provincia, con respecto al poder nacional instalado en Caracas. A partir de hoy ofreceremos una serie de entregas, donde hacemos un recorrido en torno al tema donde, como siempre, las similitudes y coincidencias espantan, tal como lo señala el encabezado de nuestro blog. Esperamos sus comentarios y feedback.
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PRIMERA PARTE: "Venezuela nace mirando a Filadelfia"

No sólo los textos y los autores que inspiraron la ilustración y la Revolución Francesa circulaban entre los miembros de la elite criolla que inicia el proceso autonómico a partir del 19 de abril de 1810 y que se concreta con los sucesos de julio de 1811. Manuel García de Sena servía a comienzos del siglo XIX bajo las órdenes del Marqués del Toro en calidad de cadete en el batallón de milicias de los Valles de Aragua; pero no lo será por mucho tiempo, ya que emprende viaje a los Estados Unidos de América, específicamente a la ciudad de Filadelfia, donde residía uno de sus hermanos.

En 1810 emprendió la traducción al castellano de los textos de Thomas Paine, obra publicada en Filadelfia en 1811, bajo el título La Independencia de Costa Firme justificada por Thomas Paine treinta años ha, además de la de John M’Culloch, titulada Historia Concisa de los Estados Unidos desde el Descubrimiento de América hasta 1807. En esos años ejerce acción política a favor de la causa emancipadora en la dedicatoria que ofrece a los ‘americanos españoles’ en la traducción de la Historia Concisa de los Estados Unidos…, en la cual, exhorta a sus compañeros a continuar la lucha. (1)

La traducción del texto de Paine tendrá amplia difusión, no sólo en Venezuela sino en otras latitudes de la América hispanohablante, convirtiéndose en material de primera mano del patriciado que busca respuestas, que anhela un modelo a estudiar para darle forma a los nacientes estados independientes de España. Un elemento que resuena como demasiado tentador para los regionalismos imperantes en aquellos tiempos es el federalismo; “que para la mente de muchos venía como anillo al dedo”. (2)
Los testimonios de la época evidencian que el trabajo de García de Sena llega a manos de próceres de la talla de José De San Martín y José Artigas, quienes lo leen, lo recomiendan e, incluso, ordenan su impresión y difusión entre sus contemporáneos.

Así es que ya puede estar fuera de toda duda, que el ‘transmisor’ más importante de la doctrina federalista americana a Hispanoamérica fue el venezolano García de Sena. Sin dejarnos llevar por exageraciones –que en todo caso son irrelevantes- el hecho cierto fue que la alucinación del ejemplo del norte, nos llevó a un grave error de diseño de nuestro primer esfuerzo de arquitectura constitucional. (3)

Y precisamente, sobre esa “alucinación” con Norteamérica de la que hace referencia Olavarría, tiene que ver también el otro trabajo traducido por Manuel García de Sena, y cuya autoría corresponde a John M’Culloch, y a la cual ya hemos hecho mención con anterioridad. La llamada Historia Concisa de los Estados Unidos desde el Descubrimiento de América hasta 1807, también deslumbrará a los criollos venezolanos (y de seguro a buena parte de la América Española) y contribuirá a acrecentar el mito de los “Padres Fundadores” de la Unión de las trece colonias. El libro de M’Culloch expone las características de la sociedad y el Estado de aquella nación constituida en Filadelfia hacia finales del siglo XVIII, donde destaca los avances en las ciencias, las artes, la agricultura, los oficios más diversos y la artesanía; pero también la industria, el comercio libre y las ideas, con especial énfasis en la tolerancia religiosa. En fin, la antítesis de lo que viven, para comienzos de la décimo novena centuria, las colonias españolas en esta parte del Mundo.

La obra incluye como apéndice importantes documentos públicos correspondientes al nacimiento de la nación, cuyo contenido presenta argumentos igualmente difusores de modernidad. Son textos como la primera petición hecha por el Congreso al rey en 1774, la exposición de motivos que produjeron el alzamiento de los colonos, la Declaración de Independencia y el discurso de Washington al encargarse de la primera magistratura, los cuales, junto a argumentos abstractos que acreditaban la necesidad del cambio político, agregan una letanía de quejas contra los dislates de la administración colonial y contra los abusos de los funcionarios metropolitanos (…) muy llamativas para los criollos, que también se veían quejosos de la preponderancia de los empleados españoles, a quienes deseaban suplantar sus canonjías. (4)

Las seductoras noticias que llegan de la vida y, sobretodo, del éxito de la experiencia de los Estados Unidos de América aderezan cada vez más el debate que en 1811 se sucede en Venezuela sobre la inminente declaratoria de la independencia y el orden constitucional que deberá imperar en lo adelante. Las referencias no se limitan a Montesquieu, Voltaire o Rousseau, ni a la gesta parisina de julio de 1789; ahora existe un arquetipo para imitarlo o reproducirlo, y está en el mismísimo continente descubierto por Colón, que incluso puede dar un aliento para convencer a los pocos que aún titubean para estampar su rúbrica en el acta que sellará nuestra separación definitiva de Madrid.

El Norte de América, oprimido y vejado por Inglaterra, mayormente por los derechos impuestos por un acto del Parlamento en 1767 sobre los cristales, plomo, cartones, colores, papel sellado y té, hizo un sacudimiento casi igual al de Venezuela el 19 de Abril : la chispa del patriotismo y el deseo de la libertad prendió en todos los corazones, y aunque á los principios de su revolución se mantuvieron en un estado de ambigüedad, la Metrópoli le atacó con fuerzas extraordinarias, y á su impulso pareció iban á ser los americanos confundidos y arrollados. Una guerra tenaz de siete años agotó todos sus recursos : su deuda nacional alcanzaba á una cantidad enorme de 188.670,525 Libras : el comercio, la agricultura y la industria, todo estaba en un abatimiento lamentable ; en fin, parecía imposible que los americanos pudieran salvarse en esta lucha cruel y desigual. Pero la constancia, la energía, el patriotismo, el amor á la libertad y el desprendimiento público vencieron todos los obstáculos : el fuego de la independencia destruyó las empresas de los déspotas, y la heroica fortaleza de los americanos desbarató sus proyectos sanguinarios. Los Generales ingleses Clinton, Parken, Gage y Llowe, fueron rechazados y derrotados completamente ; y el inmortal Washington triunfó de las tropas europeas. Seis mil ingleses veteranos y aguerridos fueron obligados á rendir las armas en Saratoga á una porción de labradores sin disciplina ni experiencia militar, mandados por el dichoso Gates. Finalmente, después de una cruel alternativa, las armas de la libertad obtuvieron un triunfo completo, y la Gran Bretaña se vió precisada á reconocer á sus propios colonos por un Estado independiente, en virtud de los tratados de la paz de París en 1783. (5)

El abogado valenciano y futuro “cosiatero”(6) no es el único que evidencia una asidua lectura de las traducciones de García de Sena, que le permiten utilizar tan vasta información sobre el ideal norteño para argumentar sobre la necesidad de no retrasar la declaratoria emancipadora y colocar ante sus compatriotas una ensayo de país, que ha dejado de serlo para convertirse en esplendorosa realidad. En el Congreso que debate el futuro nacional, ocurre otro tanto:

En la mañana de este día, reunido el Congreso (…) Presentó el Señor Briceño las actas, y Constituciones de los Estados Unidos de 1778, para comprobar la reunión de poderes que entonces tuvo aquel Congreso, y la parte ejecutiva que por cierto tiempo comisionó á Washington. (7)

Otros utilizan el caso estadounidense para señalar que, siendo tan elevado su ejemplo y logros como país, Venezuela no está preparada para dar el gran paso, bien sea por al ausencia de una sociedad virtuosa, o como alerta Juan Germán Roscio: “Los Estados Unidos contaban con tres millones de habitantes cuando declararon su independencia, y nosotros apenas tenemos uno : esta duda es la única que creo queda en pie contra la independencia”. (8)
Pero frente a tal señalamiento, y siempre con la vara estadounidense, el futuro Generalísimo Francisco de Miranda, replica que…

…quando los Estados Unidos de Norte América perfeccionaron su grande é inmortal empresa, no contaban con los tres millones de habitantes de que ántes se había hablado, pues el número de esclavos solamente ascendía á quatrocientos mil : que su territorio ademas de esto era dos veces más extenso que el nuestro como lo manifestaban sus principales ciudades, donde sin embargo no había más luces é ilustración que en la de Caracas. (9)

Pero sin duda, lo que más coloca en sintonía a la aristocracia criolla con las crónicas que García de Sena trae de las otrora trece colonias es el sistema federal imperante, que va a satisfacer las pretensiones de autonomismo provincial que Venezuela hereda de la colonia, y los firmantes del acta de independencia no lo dejan pasar por alto en la partida de nacimiento de la nueva república:

Nosotros pues, á nombre y con la voluntad y autoridad que tenemos del virtuoso pueblo de Venezuela, declaramos solemnemente al mundo, que sus provincias unidas, son y deben ser desde hoy, de hecho y de derecho, Estados libres, soberanos e independientes ; y que están absueltos de toda sumisión y dependencia de la corona de España, ó de lo que se dicen ó dijeron sus apoderados ó representantes… (10)



Si un “texto sagrado” como éste ya da los primeros asomos de federalismo, no es difícil predecir qué consagrará, en definitiva, la Constitución que se discutirá y sancionará posteriormente. Y es que los representantes de las provincias se inclinarán hacia la “necesidad de implantar un sistema político federal, ya que éste satisface las tendencias autonomistas de las diversas entidades políticas del interior, con respecto a Caracas”.(11) Y, como ya señalamos, no era nada nuevo, pues se trata de una tendencia localista que “responde a una determinada estructura del territorio venezolano que tiene sus raíces en el período de la dominación hispánica”. (12)
En pocas palabras “el caudillismo político regional venezolano (…) encontró entonces consagración formal en el primer texto constitucional, que garantizaba el poder de la aristocracia regional sobre sus regiones, frenando la hegemonía de la capital tradicional [Caracas]”.(13) Lo más irónico es que, con la configuración de un triunvirato como Poder Ejecutivo, dentro del esquema federal, los constituyentes de 1811 querían evitar los peligros que podía representar al naciente estado “una autoridad fuerte y central y, más aún (…) la hegemonía natural de Caracas, lo que provocó inclusive que la ‘Ciudad Federal’ (…) se ubicara en la ciudad de Valencia”.(14)
Es así como en el propio título preliminar de la Ley Fundamental, la primera de Venezuela y de la América Española, sancionada el 21 de diciembre de 1811, contempla que:

En todo lo que por el Pacto Federal no estuviere expresamente delegado a la Autoridad general de la Confederación, conservará cada una de las Provincias que la componen su Soberanía, Libertad e Independencia; en uso de ellas tendrán el derecho exclusivo de arreglar su Gobierno y Administración territorial bajo las leyes que crean convenientes, con tal que no sean de las comprendidas en esta Constitución ni se opongan o perjudiquen a los Pactos Federativos que por ella se establecen. Del mismo derecho gozarán todos aquellos territorios que por división del actual o por agregación a él vengan a ser parte de esta Confederación cuando el Congreso General reunido les declare la representación de tales o la obtengan por aquella vía y forma que él establezca para las ocurrencias de esta clase cuando se halle reunido.(15)

Desde su génesis republicana, el fantasma o “fetiche” del federalismo, como llaman algunos, estará presente en la historia de Venezuela y, como veremos más adelante, servirá de excusa para un siglo entero de horror, sangre e inestabilidad institucional; y peor aún, para que se enquiste el personalismo y la acción caudillista como única forma de hacer política y llegar al poder. Aún así, la Constitución Federal de 1811, deja algunos vacíos, propicios para sobreentendidos y malas interpretaciones, y en el peor de los casos, caldo de cultivo de ambigüedades. No hay duda, principalmente el patriciado provincial, vuelve a sus feudos luego de las sesiones que dan como resultado la Carta Magna, seguros de haber logrado un texto que consagra la federación y, por lo tanto, la autonomía necesaria para reinar a sus anchas, como bien lo hacían desde tiempos coloniales, pero ahora sumándole al poder económico, el poder político. Sin embargo, el artículo 108 de la Constitución del año 11, señala:

Los Poderes Ejecutivos provinciales o los Jefes encargados del Gobierno de las provincias, serán en ella los agentes naturales e inmediatos del Poder Ejecutivo federal para todo aquello que por el Congreso General no estuviere cometido a empleados particulares en los ramos de Marina, Ejército y Hacienda nacional en los puertos y plazas de las provincias.(16)

¿Confederación, pero se es “agente” del poder central? ¿A qué se jugaba o cuál era la dualidad? Si bien, como antes señalamos, estaba el temor en torno a que surgiera un “mandamás”, un “reyezuelo” en momentos en que se quiere un divorcio de todo lo monárquico, de todo lo español, pareciera que algunas voces alertaron (como Miranda) que una plena autonomía regional, en tiempos de guerra, nos llevaría –como finalmente ocurrió- al desastre. Sin embargo, el federalismo era una decisión que desde antes de la firma del Acta de Independencia, y más aún, previo al Congreso Constituyente de 1811, ya se daba como un hecho, como un derecho, y para muchos, como una “necesidad” (y hasta condición) para que la emancipación ocurriese. Y es que la “palabra ‘agente’ implica una subordinación indudable, lo cual choca con la ortodoxia federal”.(17)
El espejismo queda plasmado además, con disposiciones que limitan la acción de las regiones, como la imposibilidad de aliarse entre sí o tener tropas para los tiempos de paz; de hecho, no podían declarar la guerra, sino “defenderse” de alguna agresión foránea. Tampoco podrán hacer tratados con potencias extranjeras; todo lo cual será potestad del Ejecutivo Central. Por si fuera poco, el Poder Legislativo podía revisar las leyes internas de cada Provincia. La ambigüedad de la que hablamos se pone en evidencia ya que, “si bien la caracterización inicial corresponde a una Confederación, al mismo tiempo se crea una autoridad general que limita la soberanía e independencia de las provincias”.(18)
Lo que sí no se hizo esperar fue el debilitamiento de la Provincia de Caracas, debido a su división, para así los valencianos obtener un territorio propio e, inclusive, detentar la condición de capitalidad, a pesar de su posición tan vulnerable (como al final ocurrió con su caída a manos realistas) frente al enemigo. El mismo día de la firma del Acta de Independencia, mucho antes de ser sancionada la Constitución, los ímpetus para repartirse territorios resonaban como impertinentes, cuando está en juego un asunto de mayor trascendencia.(19)
Entre lo que es el deseo de las oligarquías locales y lo que de manera un tanto confusa queda plasmado en la Ley Fundamental de 1811, aparece la Sección Cuarta del Capítulo V, “Mutua garantía de las provincias entre sí”, artículos 133 y 134:

El Gobierno de la Unión asegura y garantiza a las provincias la forma de gobierno republicano que cada una de ellas adoptare para la administración de sus negocios domésticos, sin aprobar Constitución alguna provincial que se oponga a los principios liberales y francos de representación admitidos en ésta ni consentir que en tiempo alguno se establezca otra forma de Gobierno en toda la Confederación (…) También afianza a las mismas provincias su libertad e independencia recíprocas en la parte de su soberanía que se han reservado, y siendo justo y necesario, protegerá y auxiliará a cada una de ellas contra toda invasión o violencia doméstica con la plenitud de poder y fuerza que se le confía para la conservación de la paz y la seguridad general, siempre que fuere requerido para ello la Legislatura provincial o por el Poder Ejecutivo cuando el Legislativo no estuviere reunido ni pudiere ser convocado.(20)

¿Federalismo “tutelado”? ¿O el “Gobierno de la Unión” se encarga de mantener, bajo control, esa ilusión autonomista, por el bien del naciente Estado? ¿O es que los feudos regionales desean mantener el fetiche, pero sin correr –por sí solos- los riesgos que implica darse su propio régimen gubernativo? Algo que es interesante en todo el proceso que va desde el 19 de abril de 1810, hasta el 21 de diciembre de 1811, cuando queda sancionada la “Constitución Federal”, es que el nuevo entramado de leyes prácticamente se lleva por delante la “caja de resonancia” de las localidades, el reducto o desahogo de ese patriciado criollo que pretende desplazar a los peninsulares del control del país: Los Ayuntamientos.
Se busca una especie de metamorfosis o una elevación de lo que han sido en los últimos doscientos años la fuerza del Cabildo, con las atribuciones que ahora poseen las Provincias en el inicio del proceso independentista. Pero en 1811, las municipalidades quedan muy reducidas a tareas de tipo electoral, como la calificación debida para los sufragantes parroquiales, quienes debían “poseer una propiedad libre con valor mínimo de tres mil pesos, según sean solteros o casados, o vivan en ciudades del interior o en Caracas…”.(21)
Fueron, irónicamente, los Cabildos donde la emancipación tomó cuerpo, al calor del debate de las elites, pero en la “Primera República”, se limitan a “convocar (…) las asambleas, primarias y electorales, y todas las demás que resuelva el gobierno de su provincia. En estas elecciones se escogen los diputados a la Cámara de Representantes y las Legislaturas Provinciales”.(22)
Pero la muerte estaba cerca, no sólo para miles de personas, republicanos o monárquico, peninsulares o americanos, sino del propio texto que pretendía echar las bases de un nuevo Estado. Sólo cuatro meses, desde el 21 de diciembre de 1811, hasta el 23 de abril del año siguiente tendrá “vigencia”, si cabe el término, la Constitución pionera de la América Española; fecha cuando el Secretario de Guerra de la Unión, José de Sata y Bussy, comunique al más universal de los venezolanos para ese entonces, Teniente General Francisco de Miranda, que:

Acaba de nombraros el Poder Ejecutivo de la Unión, general en jefe de las armas de toda la Confederación Venezolana con absolutas facultades para tomar tantas providencias juzguéis necesarias a salvar nuestro territorio invadido por los enemigos de la libertad Colombiana; y bajo este concepto no os sujeta a ley alguna ni reglamento de los que hasta ahora rigen estas Repúblicas, sino que al contrario no consultareis más que la ley suprema de salvar la patria; y a este efecto os delega el Poder de la Unión sus facultades naturales y las extraordinarias que le confirió el 4 de este mes, bajo vuestra responsabilidad.(23)




La Ley de Leyes, pensada según el arquetipo de las sociedades más avanzadas y modernas de su época, Estados Unidos de América y Francia, sucumbe ante el desesperado intento por salvar la república, con una “dictadura necesaria”, la primera por lo demás en Venezuela. Así que en menos de un año, nos hicimos independientes, proclamamos una “Confederación”, bajo el presunto signo de las autonomías regionales, para luego concluir el sueño en la pesadilla de un régimen legal derogado por las circunstancias de la guerra.
Pero el federalismo hará una “breve pausa”, y nada más. Aún, en los momentos más difíciles de la contienda bélica, su fantasma aparece para la medición de fuerzas entre los integrantes de la nueva casta que surge a la sombra de la independencia: los caudillos militares.
Los hombres que dan el gran salto hacia la emancipación nacional en 1811, quizás obviaron –entre tantos aspectos- un elemento clave en su afán por imitar o parecerse a la exitosa sociedad norteamericana y su régimen federal. Cuando las trece colonias aprueban su carta magna (1787) ya han pasado once años de la firma de su independencia, ha terminado una guerra que ganaron e, incluso, Inglaterra (la Metrópoli vencida) las reconoce como soberanas. Nada más distante que la realidad vernácula, donde todo iba en sentido contrario.

REFERENCIAS:

(1) Mireya Sosa de León. “Manuel García de Sena y Silva”. En: Diccionario de Historia de Venezuela. Caracas, Fundación Polar, 1988, Tomo II, p. 256.

(2) Jorge Olavarría. Dios y Federación. Caracas, Fundación Nueva República, 1988, p. 130.

(3) Ídem.

(4) Elías Pino Iturrieta. La mentalidad venezolana de la emancipación, 1810-1812. Caracas, Bid & Co. Editor, 2007, p. 160.

(5) Miguel Peña. “Discurso de un Miembro de la Sociedad Patriótica, el Dr. Miguel Peña, leído en el Supremo Congreso el día 4 de julio de 1811”. En: José Félix Blanco y Ramón Azpúrua. (compiladores) Documentos para la Historia de la vida pública del Libertador. Caracas, Comité del Bicentenario de Simón Bolívar, 1978, Tomo III, Nº 568, p. 141.

(6) En la era grancolombiana Miguel Peña será un activo antibolivariano y pieza fundamental en el movimiento desatado en 1826 conocido como “La Cosiata” y, por lo tanto, gran aliado del General José Antonio Páez.

(7) Congreso General de Venezuela. “Sesión del día 4 de julio de 1811 para continuar tratando la declaratoria de independencia”. En: José Félix Blanco y Ramón Azpúrua. (compiladores) Ob.cit., Tomo III, Nº 570, p.144.

(8) Congreso Constituyente de Venezuela. “Sesión del 5 de julio de 1811 para continuar tratando la declaratoria de independencia”. En: José Félix Blanco y Ramón Azpúrua. (compiladores) Ob.cit., Tomo III, Nº 571, p.150.

(9) Ídem.

(10) “Independencia de Venezuela – Acto del Congreso General declarando la independencia absoluta”. En: José Félix Blanco y Ramón Azpúrua. (compiladores) Ob.cit., Tomo III, Nº 584, p.172.

(11) Catalina Banko. Las luchas federalistas en Venezuela. Caracas, Monteávila Editores, 1990, p. 22.

(12) Ídem.

(13) Allan R. Brewer Carías. (Compilador). Las Constituciones de Venezuela. Madrid, Coedición de la Universidad Católica del Táchira, Instituto de Administración Local y Centro de Estudios Constitucionales Madrid (España), 1985, p. 23.

(14) Ídem.

(15) “Constitución Federal para los Estados de Venezuela de 1811”. En: Allan R. Brewer Carías (compilador). Ob.cit., p. 181.

(16) Ibídem, p. 192.

(17) Jorge Olavarría. Ob.cit., p. 81.

(18) Catalina Banko. Ob.cit., p. 31.

(19) Protestó el señor Peñalver y apoyó el señor Alamo que este era el tiempo más propicio para declarar la división de Provincias; y habiéndose discutido la materia se acordó en fin que se pusiese una reserva en la moción pendiente sobre el particular. Congreso General de Venezuela. “Sesión del 5 de julio por la tarde para acordar el acta de declaratoria de la Independencia”. En: José Félix Blanco y Ramón Azpúrua. (compiladores) Ob.cit., Tomo III, Nº 572, p.156.

(20) “Constitución Federal para los Estados de Venezuela de 1811”. Ob.cit., p. 195.

(21) Julio Castro Guevara. Esquema de la evolución municipal en Venezuela. Caracas, Fondo Editorial Común, 1968, p. 62.

(22) Ídem.

(23) “Poderes extraordinarios conferidos al Generalísimo por el Poder Ejecutivo en 1812”. En: Allan R. Brewer Carías (compilador) Ob.cit., p. 207.

lunes 5 de enero de 2009

MIRANDA: víctima de los recelos y las "cuentas por cobrar"


Francisco de Miranda es el vivo retrato de aquel dicho: “nadie es profeta en su tierra”, y menos para una persona que tiene 40 años lejos de su país, y vuelve con una realidad totalmente distinta. La primera intentona independentista de Miranda ocurre con la expedición el "Leander" en 1806. Lo más irónico es que el precursor tendrá dos enemigos: el primero y natural, son las autoridades españolas que desean mantener el orden establecido. El otro enemigo es insólito, porque son los blancos criollos, quienes luego en 1810 y 1811 proclamarán la independencia. Pero los recelos de casta y sangre con Miranda en 1806 harán que no le brinden ningún apoyo y en cambio colaboren con las autoridades coloniales. El mantuanaje hasta le compondrá una copla burlona al Generalísimo: "A ese vendido, al inglés…, con zarcillo en la oreja, y su melena de vieja, todo le sale al revés" (1)
Una de las principales razones del recelo de la rancia aristocracia caraqueña, era que Miranda "no era uno de ellos". El Generalísimo provenía de una familia de esas que llaman "blancos de orilla", de canarios que se asentaron en Venezuela en la etapa final de la colonia. De allí que Miranda no tenía esa prosapia, limpieza de sangre ni linaje que sí exhibían los Ribas, Palacios, Bolívar o los Toro. Las fricciones entre los mantuanos y el héroe de Francia, fue uno de los motivos del fracaso del primer intento republicano, en 1812.


Referencia:

(1) Edgardo Mondolfi Gudat. Miranda en ocho contiendas. Caracas, Fundación Bigott, 2005

martes 4 de noviembre de 2008

Cuando Caracas fue soñada como una París tropical

Proyecto del Plan Monumental de Caracas, 1939


A finales de la década de los años ’20 del siglo pasado, Venezuela experimenta el boom petrolero que cambia por completo su económica, y se traduce en mayores ingresos para las cuentas nacionales. Paralelamente, surge una nueva clase pudiente, que logra un mejor estatus social. La Caracas tradicional se queda pequeña para las nuevas fortunas, pero también para la clase media emergente, y los sectores populares que crecen debido al éxodo del campesino al capital. Cuando muere el dictador Juan Vicente Gómez y llega al poder el General Eleazar López Contreras, Caracas está al borde del colapso urbano.
Se plantea con urgencia una renovación, y comienzan a plantearse diversas propuestas y alternativas. Con el decidido empeño del Gobernador del Distrito Federal, Elbano Mibelli, se impone la tesis urbanística francesa, impulsada por Maurice Rotival. Es así como en noviembre de 1939, las autoridades presentan el “Plan Monumental de Caracas”, cuya eje principal es la construcción de una “Gran Avenida Central”. Con el paso de los años el plan original se modifica en algunos aspectos y se modifica en muchos otros, pero de aquella idea quedó para la posteridad lo que hoy conocemos como la Avenida Bolívar.

Les Champs-Élysées desde el calvario hasta los caobos

La necesidad de la renovación urbanística de Caracas no surgió de la noche a la mañana, ni por la sorprendente imaginación de Maurice Rotival y su equipo. Mientras Gómez mantenía casi abandonada a la capital, algunos visionarios –nacionales y extranjeros- exponían sus ideas sobre lo que podía ser la ciudad del futuro.
El abogado y arquitecto Ramiro Nava, llamado por sus contemporáneos como el “Julio Verne venezolano”,(1) lanza su plan “Bloque de Oro” a comienzos de 1936, con propuestas relativas viviendas de interés social, pero luego vendrá su “Plan Ramironava”, de connotaciones más fantásticas y ambiciosas.

A fin de unir la ciudad con el litoral caribeño (…) preveía la construcción de la “Bahía de Caracas”, mediante la excavación de un canal de diez kilómetros de largo y doce metros de profundidad “parecido al Canal de Panamá”, y atravesado por un “subwai” (sic) que comunicara la Plaza Bolívar con el océano en un santiamén (…) Provista de casinos, cabarets, “dancings”, “Coney Islands” y “ferriboats” (sic), entre otros atractivos turísticos, la bahía caraqueña recrearía fácilmente “el encanto de un ancho Canal Veneciano”. (2)

Nava hace una propuesta de marcado signo estadounidense, que ya es la potencia extranjera que de manera paulatina (gracias al petróleo) ha comenzado a dejar sentir su influencia en Venezuela. El hombre de la Venecia tropical también hace alusión a la necesidad de una “Gran Avenida Bolívar” que recorra toda la ciudad; pero en su caso la idea de parece más a lo que hoy conocemos como la autopista Francisco Fajardo, por su alcance y objetivos.
Sin embargo, la Avenida Bolívar no era otra de las invenciones de las fantasías de Ramiro Nava. Hacia 1924 el conocido promotor urbanístico, Luis Roche, habría lanzado al debate público algunas propuestas donde va se mencionaba una gran arteria vial dedicada al Padre de la Patria. Roche la ubicaría hacia el centro de Caracas, con un paseo monumental al estilo parisino en El Calvario, para recordar el Arco de Triunfo de la capital gala.
A diferencia de Nava, ya influenciado por los nuevos aires norteamericanos, Roche mantiene la tradición del guzmanato: viendo hacia Francia.
Tiempo después se une al debate urbanístico el inmigrante español, Rafael Bergamín, rescatando la idea de la Avenida Bolívar como eje de lo que debía ser la renovación de Caracas, recomendando la ampliación de la ya agotada cuadrícula colonial. Bergamín también mira (como era de esperarse) al viejo continente, y aunque hace algunas referencias a su España natal, una vez más Francia surge como el mejor ejemplo a seguir.
De todo lo anterior se deduce que el diagnóstico estaba hecho, que nadie ponía en duda el caos en que se hundía Caracas, y que las medidas debían ser tomadas con prontitud. Adicionalmente, las ideas son abundantes, por lo que el proyecto que está por gestarse en los primeros años del gobierno lopecista, ha encontrado tierra abonada.


Así era el Palacio Legislativo ideado por Rotival


Ver el “Plan Rotival” como un hecho aislado, como panacea iluminada de última hora para la Caracas “caótica” de 1939, sería caer en la trampa de ese insidioso mito tercermundista, de filiación positivista, el cual reza que cualquier impulso de cambio y desarrollo sólo será plausible siempre y cuando se conciba ajustado a los dictados teóricos en boga en los países desarrollados y, mejor aún, si es refrendado por alguna luminaria foránea. Aquella Caracas de los años veinte y tempranos treinta [del s. XX](…), aquella de los techos rojos cantada por cronistas nostálgicos, ya llevaba en su seno –mucho antes del “Plan”- el germen de cambio, la mutación y la “modernización”.(3)

Sin embargo, por sobre todas las anteriores, habrá una propuesta que –al menos en la teoría- se impondrá a las utopías de Ramiro Nava, el expansionismo de Roche o las recomendaciones de Bergamín para salir de la cuadrícula. Ese plan tendría sello francés, pero no sólo por inspiración o imitación, sino por la efectiva presencia de renombrados urbanistas galos contratados por el gobierno del Distrito Federal.
La historia comienza en 1936, cuando Maurice Rotival y Jacques Lambert buscan apoyo en los representantes diplomáticos de Francia en Caracas(4) para entrar en contacto con el gobernador de turno, Elbano Mibelli, y así hacerle la propuesta de un plan de urbanismo para la ciudad capital.
Pero había un nexo, más allá del diplomático o comercial, que conectaría a Rotival con la planificación urbana caraqueña, y es su relación personal con el arquitecto Carlos Raúl Villanueva, debido a los viajes que por motivo de estudio, realizaba el creador del Museo de Bellas Artes a Francia.
Décadas después, el propio Rotival lo recordaría en estos términos: “…yo estaba en contacto con el arquitecto venezolano Carlos Raúl Villanueva, a quien había conocido en París. Por ello me trasladé a Caracas y tracé los planes de su modernización”.(5)
El proceso para la concreción del “Plan Monumental de Caracas” puede inscribirse dentro de un nuevo episodio del progreso material propiciado por la bonanza petrolera, junto con serios indicios de penetración capitalista y, más aún, de las rivalidades entre una potencia emergente y otra en decadencia.

Maurice Rotival en una visita a Caracas en 1975



Dinero había; necesidad de desarrollar las oportunidades que podía ofrecer el mercado inmobiliario para invertirlo, también; no faltaban los emprendedores personajes de prestigio interno y vínculos externos con ideas de modernidad en sintonía con las urgencias expansivas del mercado europeo de obras públicas. La muerte de Juan Vicente Gómez en diciembre de1935 fue el catalizador que abrió las compuertas, tanto de la vida política como de la económica. (6)


Ese dinero (petrodólares como le llamaríamos hoy) y ese mercado era una jugosa tajada que no querían perderse los franceses, como tampoco los estadounidenses que intentaban imponer sus modos y costumbres, frente a la tradición europea reinante desde el siglo XIX.
Es así como el representante comercial de un importante consorcio de la construcción francés(7) hace intenso lobby con el Gobernador de Caracas, Elbano Mibelli, llegando incluso al colmo de la indiscreción periodística y revelar los entretelones de las negociaciones. Todo con el objeto de evitar que empresas norteamericanas se hicieran con un futuro contrato de ordenamiento vial de la ciudad.
“La presencia de norteamericana confirmaba que Francia, con una situación económica interna deprimida y la demanda de su imperio congelada, veía declinar, también, su cuota en el mercado internacional de obras públicas a expensas de Estados Unidos”.(8)
Pero la intervención del embajador francés en Caracas, Armand Barois, zanja los inconvenientes, y la Gobernación del Distrito Federal acepta la misión de urbanistas galos conformada por Maurice Rotival, Jacques Lambert y Henri Prost, y en abril de 1938, luego de conformar la Dirección de Urbanismo capitalino, se firman los respectivos contratos. Otros nombres, ya conocidos y de prestigio en su época, estarán al frente de la nueva instancia local, asesorados por los franceses. Serán ellos: Carlos Pardo Soublette, Enrique García Maldonado, Pedro Pablo Azpúrua, Carlos Guinand, Gustavo Walis y Carlos Raúl Villanueva.
En noviembre de 1939, el “Plan Monumental de Caracas” aparece publicado en la Revista Municipal del Distrito Federal, ofreciendo la capital del futuro. El diagnóstico es casi apocalíptico. ¿Estrategia del terror, para lograr una rápida adhesión al proyecto?:

El desplazamiento de las ciudades es un fenómeno constante cuando los trabajos de acondicionamiento no han sido realizados a tiempo. Este movimiento vicioso trae por consecuencia la dispersión de los centros actividad y la obstrucción de las vías estrechas de comunicación en donde el creciente tráfico no puede, luego, organizarse y tiende, asimismo, a diseminar los valores inmuebles haciendo por tanto confusa la comprensibilidad económica del plano de la Ciudad. En este caso la Ciudad tradicional aparece amenazada de muerte, y si las mejoras no se efectúan rápidamente surgirán, allí donde las restricciones sean más débiles nuevos centros urbanos. En Caracas, particularmente, es hacia el Este, hacia Los Caobos y la Plaza Mohedano que la ciudad tiende a desplazarse. Esto traerá por resultado una rápida desvalorización de toda la ciudad actual. (9)

Como ya lo venían alertando otros entendidos y especialistas en la víspera, la cuadrícula colonial ya estaba rebasada por 6.013 vehículos que tenía la ciudad en 1936(10) con un crecimiento anual del 30%, que lleva la cifra a más de doce mil autos para el momento en que se expone el presente “Plan”.(11)
De allí que la vialidad, irremediablemente, esté en el centro del proyecto que está ahora disponible para el debate público, y entre sus líneas directrices, figura la construcción de nuevas arterias y el mejoramiento de otras. ¿Cuáles son entonces las prioridades del “Plan”?

1º Solucionar el problema del tráfico mediante avenidas capaces de absorber la masa total de vehículos, creando así una amplia circulación Este-Oeste y, abriendo, al mismo tiempo las diagonales necesarias. 2º Encausar el sentido principal de la circulación por medio de una avenida central que, por sus proporciones y las fachadas de sus edificios dé a la Ciudad un aspecto monumental imprimiéndole un carácter especial. 3º Crear plazas monumentales en donde el tráfico se reparta fácilmente y el movimiento del público pueda ser ordenado durante las grandes festividades. 4º Crear paseos, que en la actualidad no existen, acondicionando razonablemente las nuevas avenidas y las plazas y construyendo nuevos parques. 5º Determinar los terrenos para la construcción de los nuevos edificios oficiales: Capitolio, Ayuntamiento, Ministerios, Mercados, Escuelas, etc. 6º Levantar, de acuerdo con el trazado de avenidas y calles, un plano claro y comprensible de zonas que permitan a la iniciativa privada hacer sus inversiones en inmuebles, con la seguridad y garantía de una valorización de los barrios de la Ciudad. Proveer zonas comerciales e industriales.(12)

El Gobernador Mibelli "vende" el Plan Rotival en el cine


Reaparece la vieja idea de la “Avenida Central”, como eje para el resto de los desarrollos previsto por el “Plan”, y se introducen elementos novedosos, como la idea de regular (quizás “sincerar” por vía de la normativa legal) el caso de expansión urbanística que venía siendo denunciado, en momentos en que la proliferación de nuevas urbanizaciones hacia el noreste se realiza sin la debida planificación, ni en conjunto con las autoridades oficiales.
Ahora bien, esta “Avenida Principal” debía lograr su más perfecta ubicación. Se piensa en una simétrica propuesta, aprovechando el vértice en el cual se encuentra la vía proveniente del oeste, desde Catia, que a la vez comunica con La Guaira y aquella que se remonta desde el suroeste, desde Antímano, y que al mismo tiempo comunica a Caracas con el occidente y Colombia.
Una “V”, que luego debe prologarse como una “Y” cuando la Avenida Central sea una realidad.

El cruce de estás dos vías se efectúa precisamente en el eje Este-Oeste de El Calvario, entre las esquinas de El Silencio y El Aserradero. Este cruce determina el trazado del eje del plano. En efecto: desde ese punto se puede trazar una Avenida Principal hacia el Este. Dos soluciones se ofrecen para la realización de esta obra: ensanchar la calle Este-Oeste 6, o, tomando como eje el de las manzanas comprendidas entre las calles Este-Oeste 6 y 8, cortar estas manzanas por el medio hasta el Parque Los Caobos. Ensanchar la avenida Este-Oeste 6, parece, en principio, una solución más económica; pero desgraciadamente la verificación del alineamiento demostró que su eje está desviado en varios puntos, quedando por lo tanto el ensanche limitado casi a un solo lado, ya que la Universidad Central fija el alineamiento Norte. Materialmente es imposible imponerle a los propietarios del lado respetado la reconstrucción de los viejos inmuebles a fin de obtener una avenida arquitectónicamente homogénea. No obstante que las viejas edificaciones adquirirán un gran valor, la práctica demuestra que los propietarios nunca están dispuestos a reconstruirlos, limitándose, por lo general, a modificar las tiendas o almacenes. Tal fue lo ocurrido en los Campos Elíseos, después del gran auge que adquirió esta avenida en 1930. Los antiguos edificios, muchos de los cuales contaban con más de cien años de haber sido construidos, sufrieron reformas a fin de modernizar sus plantas bajas para instalar en ellos tiendas y almacenes lujosos. El resultado no pudo ser más deplorable (…) Si se hubiera optado por esta solución la Ciudad de Caracas tendría una avenida cuyo lado Sur sería rectilíneo, muy moderno y con grandes fachadas, mientras el lado Norte hubiera conservado una serie de pequeñas fachadas estrechas y mal alineadas (…) En consecuencia (…) se adoptó la segunda solución que consistía en demoler todas las manzanas comprendidas entre las calles Este-Oeste 6 y 8. (13)

La Avenida Central es la primera obra “indispensable” que contempla el “Plan”, de 2.200 metros de largo y 30 de ancho, con tres plazas monumentales de principio a fin, con su unión de dos diagonales con las vías hacia La Guaira y Antímano, respectivamente. Hacia el este, otras dos diagonales, hacia el Guaire y la Plaza Mohedano.
La colina de El Calvario se perfila como un “lugar estratégico” que domina toda la ciudad. En lo más alto Rotival propone la construcción de un monumento al Libertador Simón Bolívar. Con una coincidencia con la idea de Luis Roche de 1924, el francés es muy oportuno con los vientos de patriotismo apologético que desde hacer varias décadas vive el país, y que encuentran en el presidente López Contreras un decidido promotor del culto y la devoción colectiva.(14)
Otro aspecto importante es el traslado paulatino de todos los órganos del poder público (empezando por el Ejecutivo y el Legislativo) al eje que conformará la Avenida Central proyectada. “A los pies” del monumento al Libertador estaría el nuevo Congreso Nacional, con una gran plaza en la “Y” donde convergen la vía de Catia y occidente y nace la Gran Vía Central.
Vialidad y monumentalidad, una suerte de Campos Elíseos desde El Calvario hasta Los Caobos, porque la referencia es la Ciudad Luz:

La ciudad de París, después de la urbanización de Hausmann, quien hacia el año 1868, hizo de ella una ciudad excepcionalmente moderna, se transformó en uno de los centros principales de turismo y desde entonces cada día es mayor el número de visitantes, pudiéndose calcular que en el curso de los últimos treinta años su sostenimiento y desarrollo ha sido totalmente cubierto por las entradas provenientes por ese respecto. En Caracas puede ocurrir lo mismo; pero para ello es necesario que se ejecuten con voluntad y perseverancia una serie de trabajos indispensables, a fin de que pueda ser clasificada en el número de las grandes capitales de América. Una vez que esos trabajos preliminares sean ejecutados, el desarrollo de la Ciudad se realizaría automáticamente mediante el esfuerzo exclusivo de la iniciativa privada.(15)

Con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, Rotival se marcha de Venezuela, y al poco tiempo el país cambia de gobierno y asume la presidencia el general Isaías Medina Angarita. Los últimos “amores” de la Tierra de Gracia con el estilo europeo parecen desvanecerse y un “american way” toma por asalto definitivamente a los venezolanos.
No han pasado ni dos años del lanzamiento del “Plan”, cuando la Gran Plaza Monumental en la “Y” de El Calvario y el Congreso, salen del trazado original, para dar paso a la “Reurbanización de El Silencio”.
“Sobre el proyecto Monumental de Rotival, que propone la exaltación de los inmuebles gubernamentales, Villanueva propone un espacio para el encuentro cívico, para la gente. Villanueva tiene ahora mayor interés por lo social y prefiere trabajar para el gobierno”(16). En 1946, Maurice Rotival regresa al país, y cae en cuenta que su “Plan Monumental de Caracas” no será lo que él dejó antes de partir a la contienda bélica. Sin embargo, expresa su satisfacción por lo que se ha desarrollado, y por los cambios que no considera del todo negativos a lo que un día soñó, junto a otros compatriotas y profesionales venezolanos de primera línea:

Del plan director de Caracas establecido en 1939, se han mantenido las líneas generales la conjunción en forma de V de las dos vías principales del Oeste, la que viene del puerto de La Guayra adosada a los flancos del abismo de la quebrada Tacagua, y la que viniendo de Colombia, los Andes y Valencia sigue el Valle del Guaire, conduce a fijar en el centro mismo de la ciudad el eje ya marcado por la rocosa nervadura andina (…) Pero lo que se ha sometido a proporción es la Plaza Urdaneta [hoy Plaza O’Leary], la cual Villanueva disminuyó quitándole una parte de su objeto que era la circulación y reduciéndola a una escala más humana (…) En Caracas se tiene la impresión de que el plan de urbanismo y la arquitectura de Carlos Raúl Villanueva han tenido buen éxito al crear sólidamente este cuadro latino de la ciudad, cuya amplitud puede sobrepasar el sentido que los americanos del Norte desean generalmente dar a una importante realización de habitaciones baratas (…) ¿Por qué construir avenidas monumentales para una clase social que prefiere habitar a veinte kilómetros de allí, cerca de sus campos de deporte, en medio de parques y jardines? El Banco Obrero ha comprendido justamente eso, y Carlos Raúl Villanueva ha sabido adaptar al esqueleto de la ciudad moderna los grupos de habitaciones baratas que son uno de los motivos principales del plan.(17)


El único detalle es que esas “habitaciones baratas” a las que hace mención Rotival, no estarían ubicadas en el lugar escogido por el gobierno medinista. Precisamente una de las más frecuentes críticas en la propia época de discusión y diseño del “Plan Monumental de Caracas”, era justificar un proyecto de esa magnitud y características, cuando la ciudad y sus sectores menos favorecidos económicamente tenían necesidades más importantes que satisfacer. Pero Rotival y su equipo insistieron en unos Campos Elíseos a la criolla, por las justificaciones dadas anteriormente: de las primeras obras e inversiones por parte del Estado, el resto se desarrollaría “sólo”, gracias a la iniciativa privada.
Lo que sí será una constante del “Plan” es la culminación de la Gran Avenida Central, definitivamente bautizada como “Avenida Bolívar” y que estrenará una primera etapa en el año nuevo de 1950. A lo largo de más de medio siglo, los usos de sus adyacencias han variado, y los planes también. Se podría decir que se conserva en parte la idea de Rotival de concentrar edificios públicos, con el levantamiento del Centro Simón Bolívar (Centro Cívico) y con el paso de los años, las inmensas Torres de Parque Central. Ambos complejos han albergado organismos oficiales y no pocos ministerios.

Ahora bien, no han faltado las críticas a la misión francesa en Caracas y la propuesta del Plan Monumental de 1939. El rosario de acusaciones contra Rotival y su equipo transcurren entre aspectos muy técnicos, propios de urbanistas y arquitectos, pero también de tipo económico, social y político.
No es finalidad nuestra hacer ahora una retrospectiva o listado completo de la forma en que se torpedeó el “Plan”, pero a manera de ejemplo tenemos que “…desde el comienzo, el destino de la Avenida Central parece haber sido su ambivalencia entre monumentalidad y modernidad, destino grabado por sus efectos funcionales y segregativos.”(18)

Un largo decorado en el centro de capital sin mucha funcionalidad.
Por otra parte: “… Caracas quedó escindida en dos mitades: el norte captó la mayor parte del dinamismo de la capital petrolera, mientras que el sur se estancó económicamente y deterioró socialmente”.(19)
Otros hablan de un “estilo europeo imperial”(20) y de la forma impropia en que fuese “impuesto” a los franceses y el “Plan Monumental” sin un concurso dentro y fuera del país, sólo preocupado por el centro de la ciudad, mientras la urbe avanzaba de manera vertiginosa hacia el Este:

(…) importamos un urbanismo colonial, con unos años de atraso, descontinuado como las tecnologías; el urbanismo que Francia exportaba a sus colonias para asegurar el imperio: ciudad europea y ciudad indígena; presencia arquitectónica urbana del poder colonial para conminar; eficiencia administrativa de la ciudad. Proyecto de renovación urbana o plan de desarrollo urbano en un debate que sigue hasta nuestros días pero que en nuestro caso, y desde la Caracas de 1939, no ha abandonado la preeminencia del primero, cada vez que M. Rotival ha intervenido en el asunto. Siempre nos preguntaremos si tocamos la puerta equivocada. (21)

El debate sin duda queda abierto. Más allá de las sentencias que puedan dar expertos en el tema urbanístico, cualquier otro comentario roza el peligroso terreno de las especulaciones. ¿Qué hubiese pasado de no concretarse la reurbanización de El Silencio, y seguir los lineamientos de Rotival? ¿La Avenida Bolívar, unos metros más o unos metros menos hacia el norte? En fin, la ciudad de Caracas de alguna manera tiene el sello de ese sueño monumental de 1939, y en buena medida su crecimiento, su expansión y modernización, tuvieron como materia prima los planos que salieron de la Dirección de Urbanismo del Distrito Federal, bajo la celosa tutela de Elbano Mibelli.


NOTAS:

(1) Arturo Almandoz, Urbanismo europeo en Caracas (1870-1940). Fundación para la Cultura Urbana, Caracas, 2006p. 281.
(2) Ibídem, p. 282.
(3) Ciro Caraballo Perichi. “Los últimos días de aquella ciudad de los techos rojos, o los ‘planes’ antes del ‘plan’”. En: El Plan Rotival. La Caracas que no fue. Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1989, p. 50.
(4) Juan Martín Frechilla. “Rotival, Maurice”. En: Diccionario de Historia de Venezuela. (2ª Edición). Fundación Empresas Polar, Caracas, 1997, pp. 1.008 – 1.009.
(5) Comentario hecho por Rotival a Jorge Cahue en noviembre de 1975, para una entrevista en la revista caraqueña Elite, Nº 2.617.
(6) Juan Martín Frechilla. Diálogos reconstruidos para una historia de la Caracas moderna. Universidad Central de Venezuela, Caracas, 2004, p. 36.
(7) Ibídem, p. 38. El autor se refiere a Jacques Bedel y el consorcio francés compuesto por la Societé de Construcción des Batignolles (SCB) y Societé des Grands Travaux de Marseille (SGTM).
(8) Ídem.
(9) Revista Municipal del Distrito Federal. Año 1, Número 1, Gobernación del Distrito Federal, Caracas, 1939, p. 24. El Plan Monumental de Caracas también fue publicitado en el cine.
(10) Arturo Almandoz, Ob.cit., p. 292.
(11) Ídem.
(12) Revista Municipal del Distrito Federal. Ob.cit., p. 25. Lo destacado en negrilla es iniciativa nuestra.
(13) Ibídem, pp. 25-26.
(14) Elías Pino Iturrieta. El divino Bolívar. Ensayo sobre una religión republicana. Los Libros de la Catarata, Madrid, 2003, pp. 132-133. En relación al bolivarianismo de López Contreras, el autor lo cataloga de un “presidente místico” por la naturaleza de su devoción hacia el héroe.
(15) Revista Municipal del Distrito Federal, Ob.cit., p. 31.
(16) El espacio interior de Carlos Raúl Villanueva. (DVD). Colección Cine Archivo Bolívar Films, 30 mins, Caracas, 2000.
(17) Maurice E. H. Rotival. “Caracas marcha hacia adelante”. En: Caracas en tres tiempos. Comisión de Asuntos Culturales del Cuatricentenario de Caracas, Caracas, 1966, pp. 173 - 179. Juan Martín Frechilla, en una de sus obras que hemos citado para la presente investigación: Diálogos reconstruidos para una historia de la Caracas moderna, es especialmente crítico con los escritos y declaraciones que hizo Rotival luego de 1939. Martín Frechilla considera que Rotival cae en continuas imprecisiones, omisiones y contradicciones, como la que se refiere a esta cita textual.
(18) Arturo Almandoz, Ob.cit., p. 336.
(19) Ibídem, p. 337.
(20) Caracas, crónica del siglo XX. (DVD). Colección Cine Archivo Bolívar Films, 60 mins, Caracas, 1999.
(21) Juan. Martín Frechilla. Planes y proyectos para Venezuela 1908-1958: Apuntes para la construcción del país. Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1994, p. 355.

lunes 29 de septiembre de 2008

El "Modus Vivendi": ¿un premio de "Punto Fijo"?

La efervescencia social, en todos los estratos y sectores, que se da el 23 de enero de 1958, recuerda a la Venezuela de diciembre de 1935. Horas antes del fallecimiento del tirano Juan Vicente Gómez, nadie podía pensar una locura colectiva devenida en saqueos y reclamos de libertad y respeto a los derechos elementales del ser humano. Algo similar vive la nación en la víspera del ocaso del Nuevo Ideal Nacional. Aunque las fisuras podían ser detectadas, meses antes del fraude plebiscitario de 1957 y del alzamiento de Trejo del 1° de enero de 1958, nadie imaginaba que, en menos de un año, los venezolanos iban a elegir por voto universal, directo y secreto, un nuevo presidente y cuerpos deliberantes.
¿Midieron esa posibilidad los militares encabezados por Larrazábal? ¿Pensaron que al alzar vuelo la Vaca Sagrada iban a un “mero trámite” entre iguales, es decir, entre militares? ¿Podrían darle la espalda a la sociedad entera y gobernar solos? La calle les envió otras señales, incluso, las elites económicas, intelectuales, religiosas, sindicales y gremiales, también dieron un discurso distinto. Así como López Contreras no pudo aplicar un “guión cerrado” un “caletre” de Gomecismo sin Gómez, mucho menos se pretenderá en enero de 1958 un Gobierno de las Fuerzas Armadas, pero sin Pérez Jiménez. Cualquier vínculo, aunque sea simple puente para unir la transición del pasado con el presente, recibe las más agrias manifestaciones de rechazo.

En esa misma calle que, al anunciarse la composición de la nueva Junta de Gobierno, militar, en su totalidad, se vuelve a desbordar protestando por su presencia en ella de dos de los más sombríos representantes del régimen anterior, los oficiales Abel Romero Villate y Roberto Casanova. El nuevo gobierno cede y los dos militares son sustituidos por dos empresarios civiles, Eugenio Mendoza y Blas Lamberti.(1)

Un aviso que no deja lugar a malos entendidos y que va perfilando lo que ha de ser la nueva realidad política que debe “parir” el 23 de enero 1958: un rechazo a los extremismos, en este particular, al militarismo de derecha, doliente del perezjimenismo y que busca subsistencia tras el derrocamiento del dictador. Mal cálculo por lo demás, que no es el caso de la burguesía criolla que, irónicamente, aprovecha un rol de mayor protagonismo cuando son defenestrados sus anteriores protectores. Pueden hacer ciertas concesiones, pero nunca consentirá una escalada marxista en Venezuela. La habilidad de los “amos del valle” hará sentir su influencia para que el otro extremismo, el de izquierda, también sea desechado en el país que se diseña en aquel momento.
Claro que, sobre esto último, no sólo será empeño del empresariado, sino del Iglesia Católica, lo cual obligará al principal partido nacional a hacer casi una “profesión de fe” para expiar cualquier pecado rojo. Acción Democrática debía dar garantías de no provocar, siquiera, la más mínima sospecha de simpatías con Moscú. Fresco estaba el recuerdo del Trienio, cuando el decreto educativo 321 enfrió para siempre las relaciones entre el partido de Juan Bimba y los representantes de Dios en La Tierra.


Monseñor Arias Blanco



Sin embargo, la Iglesia Católica no entraba como nuevo actor al proceso político venezolano el 23 de enero de 1958. Casi un año antes, el 1º de mayo de 1957, Monseñor Arias Blanco, Arzobispo de Caracas, publica su célebre Carta Pastoral que “pone de manifiesto el malestar de un sector de la Iglesia frente al régimen(2). Destacamos acá que era “un sector de la Iglesia” porque (quizás no de manera tan evidente como en tiempos de Gómez) la institución eclesiástica fue aliada del gobierno de Pérez Jiménez. El sistema impuesto desde 1948 había enterrado la pesadilla adeca que lo precedió, y permitió a la Iglesia continuar con la institucionalización como norte, con avances nada despreciables como la aparición de la Universidad Católica Andrés Bello en 1953.

Durante la dictadura perezjimenista culmina esta fase de re-estructuración eclesiástica: se da un enorme aumento del personal religioso venido del exterior, nacen nuevos colegios, escuelas normales y la UCAB… Se reinicia, además, la expresión masiva pública católica con actos nacionales e internacionales como la consagración de Venezuela a la Virgen de Coromoto, el Congreso eucarístico (1955)…(3)

Pero así como la burguesía tuvo ese “sexto sentido” para avizorar los cambios que venían, la Iglesia tampoco quedaría estática, inmóvil ante el torbellino en gestación. Si bien el balance era favorable, no había una cohesión monolítica ante el significado y consecuencias de la dictadura de Pérez Jiménez. La contundencia de los hechos no dejaba margen a las dudas, pero una cordialidad con los uniformes y el silencio de casi una década no podían romperse en un simple descuido. Mons. Arias Blanco parece haber dado una buena excusa para sus colegas de sotana.

La verdadera oposición de la jerarquía eclesiástica surge frente a la reacción del régimen una vez difundida la Pastoral [de Mons. Arias]. Es entonces cuando comienzan las polémicas entre el padre Hernández Chapellín y Vallenilla Lanz en el diario “La Religión” (…) Esta oposición se radicalizó más todavía con la prisión del Dr. Caldera. Es de suponer que las razones para esta radicalización hayan estado en la creciente conciencia de las necesidades de un cambio institucional, y en el “olfato” para seguir la evolución general de la situación política. Sea como sea, parece evidente, que fueron personalidades radicalizadas las que impulsaron a la jerarquía en su conjunto, en un proceso bastante desigual en su desenvolvimiento general.(4)

La Iglesia queda incorporada entonces el propio 23 de enero de 1958 como uno de los más importantes factores de poder ganados al “consenso” y la línea de disipar los temores hacia los “extremos”. Con sus antecedentes de 1957 borraba en parte la imagen de reaccionaria y derechista, pero en el concierto de voluntades de 1958 era sin duda un importante “repelente” de la “amenaza” roja pro-soviética. Aún así, la reincorporación de Acción Democrática a la actividad político-partidista, y el retorno al país de la alta dirigencia que encabezó el trienio 1945-1948, no daba tranquilidad ni a la Iglesia ni a otros sectores que vieron amenazados sus intereses en ese pasado tan reciente.(5)
Pero la “profesión de Fe” queda plasmada el 31 de octubre de 1958, cuando Rómulo Betancourt (AD), Rafael Caldera (COPEI) y Jóvito Villalba (URD) acuerdan el histórico “Pacto de Punto Fijo”. Betancourt, sin tener que dar muchas explicaciones, con dos acciones de un evidente simbolismo, ya está dejando por sentada la naturaleza de su futura acción de gobierno. En primer término, está en el pacto un partido socialcristiano (COPEI), cuyo líder puede ser cualquier cosa menos de izquierda, y otra organización política, mucho más hacia el centro incluso que AD (URD) y de génesis antiadeca. Y en segundo lugar:




En tiempos de "Punto Fijo"


Quedó fuera de esa firma el Partido Comunista de Venezuela, PCV. Lo establecido es que fue Rómulo Betancourt, máximo dirigente de AD y su candidato presidencial, el que propuso esa exclusión, afirmando incluso algunos que no sólo la propuso sino que la impuso.(6)

Los puntofijistas se alejan lo más posible de la órbita soviética, de un proyecto internacional, que llevaría –a su entender- a otro tipo de dictadura a la sociedad venezolana. Básicamente Betancourt, confiado en su triunfo, aunque los ánimos de las grandes ciudades no le eran favorables, experimenta el exorcismo comunista, para recibir la venia de los militares(7), los empresarios, la Iglesia y Washington.
Sobre este particular no queremos dejar de lado la reflexión que hace Arturo Sosa, y que refuerza nuestro criterio:

Para Acción Democrática era crucial la inclusión de COPEI en el pacto partidista fundamental de la democracia. Garantizar unas bunas relaciones con la institución Eclesiástica era una condición indispensable para su inclusión. Por otra parte, el apoyo eclesiástico era una forma muy eficaz para quitarse la imagen de “comunistas” y lograr así la aceptación del Alto Mando Militar, las élites económicas privadas y conseguir la benevolencia de los Estados Unidos de Norteamérica.(8)

La tendencia centrista será la búsqueda máxima del consenso frente a la negación de cualquier posibilidad de conflicto que socavara las bases del endeble régimen democrático que en 1958 busca dar sus primeros pasos, con un inmediato antecedente dictatorial, un futuro incierto y un presente lleno de dificultades de todo tipo, incluyendo una crisis económica en desarrollo. El consenso implica tratar de complacer a todos los sectores sin perjudicar al otro, pero con la salvedad de no contar en este acuerdo con ningún extremo que radicalice posturas y trastoque la relativa paz nacional. O al menos, que no implique un retroceso, o un experimento ajeno a la realidad venezolana, que nos catapulte, incluso, una conflictividad de repercusión internacional. Así que ni la extrema derecha ni la extrema izquierda tendrían cabida en el puntofijismo, sino una democracia de tipo reformista, amparada, socorrida y protegida por el Dios Petróleo.
El oro negro como herramienta de arbitrio entre todos los actores de aquella sociedad que aún despierta del letargo opresivo. Oro negro que permite también, en el marco de la “democracia-reformista-populista” mantener un régimen donde “casi todos ganan"(9), pero donde nunca quedará excluida (entre otros sectores) la Iglesia del reparto de beneficios. Y es que el hecho de “anotarse a ganador” dará sus frutos en un tiempo relativamente corto. La institución eclesiástica, tras su actitud asumida el 23 de enero de 1958 y gracias también al “revisionismo” adeco de aquellos tiempos, logra lo que en regímenes más amistosos, nunca pudo, y todo como resultado de una simbiótica relación. Y es que:


A partir del 23 de enero nace una nueva Iglesia, esencialmente comprometida con la democracia y con la mayor parte de las reivindicaciones sociales que el proyecto contemplaba. La generosidad con la que le correspondieron los gobiernos democráticos, dándole las más amplias libertades, apoyo económico y enterrando el patronato después del Convenio con la Santa Sede de 1964; las reformas del Concilio Vaticano II y las tesis de la Teología de la Liberación terminarán de afianzar el proceso.(10)

Pero hablando en términos temporales más amplios, ese proceso comenzó unas seis décadas atrás, en el estricto sentido eclesiástico. Es decir, aquella resurrección e institucionalización de la Iglesia, adelantada a la sombra del positivismo y la tiranía gomecista, continuada con los sucesores del Brujo de la Mulera de 1936 a 1945, con su complicado ínterin en el Trienio Adeísta, pero retomada durante el Gobierno de las Fuerzas Armadas (1948-1958), alcanza su momento culminante en los comienzos del ensayo democrático puntofijista.
Se trata de un viejo anhelo de la Iglesia, el dejar atrás la figura del Patronato Eclesiástico, el del Estado como “patrón”, jefe, mentor y ductor de la misma. Autonomía casi nula y una intervención oficial en los más mínimos asuntos de la vida religiosa, aunque entendida como de interés nacional (casi de seguridad de Estado) por ser la fe de mayor raigambre en la sociedad venezolana; sin que sea necesario recordar que se trata además de la más numerosa. En su momento, personalidades como el Cardenal José Humberto Quintero lo que consideraban, al referirse al Patronato, como una “verdadera esclavitud para la Iglesia” ya que:


Según esa ley, a los poderes civiles compete desde el nombramiento de los arzobispos hasta el de los sacristanes de parroquia; bajo los poderes civiles se hallan desde los concilios nacionales hasta las simples juntas de cofradías. Fuera de celebrar de pontifical, confirmar y ordenar, los obispos no podrían hacer cosa alguna sino con el asenso previo o subsiguiente de las autoridades laicas.(11)


El tambaleante sistema inaugurado en 1958 no podía darse el lujo de tener a la Iglesia, ni como enemiga ni como actor indiferente frente a las amenazas de la izquierda y la derecha. Mientras más aliados, de comprobada influencia en el colectivo, logre sumar la democracia representativa que da sus primeros pasos, podrá entonces disipar con mayor éxito la batalla que libra para consolidarse. Y es que tras la firma del “Modus Vivendi” el 6 de marzo de 1964:

La Iglesia se convierte (…) en un socio político muy cómodo para la alianza política hegemónica pues presta su apoyo sustancial que se le pide reducido casi exclusivamente a su presencia simbólica (…) y se sabe que se cuenta con un socio prudente que evita todo tipo de confrontación o conflicto. La política del Estado hacia la Institución Eclesiástica va a ser, además, la de apoyar su consolidación institucional para lo cual la hace partícipe permanente de una cuota de la renta petrolera.(12)

De esta forma, la Iglesia se convierte por primera vez, en el siglo XX, no sólo en propagadora de un mensaje espiritual; de la “buena noticia” del Evangelio y la salvación, sino de una nueva relación entre el Estado y sus gobernados, muy diferente a las dictaduras a las cuales respaldó, cuando su interés era el de no quedar en el pasado junto con la décimo novena centuria. Una vez más, la Iglesia es alejada de ser una “quinta columna”, y su evidente penetración en todos los estratos sociales, es aprovechada dentro de una política de propaganda, o mejor llamarle: “educación para la democracia”.

NOTAS:

(1) Manuel Caballero. Las crisis de la Venezuela contemporánea (1903-1992). Caracas, Alfadil Ediciones, 2003, p. 140.
(2) Elena Plaza. El 23 de enero de 1958. Caracas, UCV, 1999, p. 65.
(3) Arturo Sosa A. “Iglesia y Democracia en Venezuela”. En: Revista Sic, Caracas, Año LI, Nº 501, 1988, p. 15.
(4) Elena Plaza, Ob.cit., p. 77.
(5) Diego Bautista Urbaneja. La política venezolana desde 1958 hasta nuestros días. Caracas, UCAB/Centro Gumilla, 2007, p. 10. El autor califica como: “incógnita la disposición real de la Iglesia a aceptar un eventual regreso al poder de Acción Democrática, el mismo partido que había afectado sus intereses en el trienio”.
(6) Ibídem, p. 11.
(7) En este caso podrías referirnos a militares institucionales, moderados (centro) e incluso la derecha que al menos no tendrá temores (por los momentos) de una tentación muy hacia la izquierda de estos adecos de 1958. La historia posterior evidenciará la presencia de un núcleo importante de uniformados de izquierda, que protagonizarán algunas intentonas en los primeros años de la década de los ’60, al igual que un reducido grupo de la descontenta e inconforme oficialidad derechista.
(8) Arturo Sosa A., Ob.cit., p. 15.
(9) Diego Bautista Urbaneja, Ob.cit., p. 16.
(10) Tomás Straka. Un reino para este mundo. Caracas, UCAB, 2006, p. 180.
(11) José Humberto Quintero. El Convenio con La Santa Sede. Caracas, Editorial Arte, 1976, p. 35.
(12) Arturo Sosa A., Ob.cit., p. 16.

miércoles 17 de septiembre de 2008

IGLESIA: saldo "positivo" en tiempos de "positivismo"



En julio de 1903 el general Juan Vicente Gómez da un paso trascendental en su carrera hacia el poder absoluto en Venezuela. Quien luego sería llamado el "Benemérito", logra por los momentos el título de "Pacificador" de la República, luego de su contundente victoria en la batalla de Ciudad Bolívar. Gómez acrecienta su prestigio, su influencia y hasta "su mito" dentro de la causa andina, pero además realiza una tarea que ni su propio Jefe y compadre –Cipriano Castro- había podido cumplir a cabalidad, sino con el auxilio y decidido empeño del lacónico y enigmático vicepresidente. Todo hace indicar que el capítulo más nefasto del siglo XIX, el de sus guerras civiles, ha quedado atrás, y Venezuela puede iniciar una nueva etapa.
La leyenda del "hombre que logra la paz" será para Gómez un valor agregado de gran importancia para el golpe de estado (evolución dentro de la causa preferirá llamarle, para no herir susceptibilidades) que protagonizará contra Castro en diciembre de 1908, y luego para echar las bases de su régimen hasta 1913 aproximadamente, cuando resuenen los tambores de crisis con el delicado tema de la sucesión presidencial. Es el terror de la sociedad venezolana a regresar a épocas de extendida violencia, con sus secuelas de atraso para el país. En general, y hasta la irrupción del régimen gomecista y la "bendición" del petróleo, Venezuela transita por el calvario de la miseria y el atraso, aderezado con la amenaza permanente del baño de sangre.
La idea de un "Gómez pacificador" quedará en el inconsciente colectivo (y a veces no tan inconsciente) como el germen para soportar al hombre duro, al "padre severo", cuya única "ciencia es mandar", a los fines de "poner orden" y enrumbar de manera definitiva a la nación (si es que había en 1908 o 1913 idea de nación o conciencia de ella). El fracaso del liberalismo al ultranza, con ese triste final de la tragicomedia castrista, no hacían sino avivar el deseo –al menos en las elites, de las que se puede conocer su pensamiento por la obra que dejan- de que el experimento republicano del último siglo debía ser sometido a revisión profunda. Tienen entonces asidero propuestas de hombres como César Zumeta, José Gil Fortoul y, sobre todo, Laureano Vallenilla Lanz, insignes representantes del positivismo criollo.
El autor de la obra "Cesarismo Democrático" esboza el principio de Gendarme Necesario, como única salida para en la hora actual de nuestras sociedades, para iniciar un proceso que nos lleve a un "estadio superior" o ideal. Es esa República Positiva, que pensadores como Comte vislumbraban, aunque en un gradualismo que iría purgando los vicios intrínsecos del tejido social. En esta misma línea el pensador francés señalaba que "la dictadura es un poder justo y fuerte a la vez, necesario en la vida social y cuyos únicos controles en la república positiva serán los valores éticos del individuo".
Contra todo lo que se pudiera pensar, los positivistas vernáculos buscan auxilio en una institución que, en principio, era su antítesis: la religión católica, con la finalidad de sentar las bases morales que "limpien" el corroído entramado social. El "Gendarme Necesario" (Gómez) pacificando el país, extirpando los últimos reductos de caudillaje envalentonado, sentando las bases del Estado, y paralelamente, una Iglesia que lleve por el "camino del bien" y moldee al ciudadano ideal. El propio Vallenilla Lanz hará su peculiar "profesión de fe":

"Librepensador, determinista, positivista, en toda la extensión que racionalmente quiera darse a estos conceptos, soy sin embargo el primero en condenar el indiferentismo religioso de nuestro pueblo, que lejos de ser una demostración de cultura –como vulgarmente se cree- es un signo inequívoco de barbarie, porque nada es más conforme con la naturaleza humana que el instinto religioso y nadie puede desconocer su importancia como lazo social y como freno moral para las multitudes".

El propio Comte "no creía en la existencia de Dios, pero sí creía en la necesidad de las religiones como factores de integración" , y de todas los credos estudiados, concluyó que la Iglesia Católica "era la mejor", pero a la que "vaciará de su contenido" para introducir los principios del positivismo, pero conservando "la misma estructura de la Iglesia Católica y jugará el mismo rol que ésta jugó en las sociedades menos avanzadas o metafísicas".
Los positivistas venezolanos no se proponen llegar tan lejos como Comte, ni hablan de una "Religión Positiva" por los momentos, sino de algo más autóctono, más realista a lo que estaba ocurriendo en el país, por nuestras características muy particulares, que es –además- signo distintivo del pensamiento positivo. La religión no podía ser truncada de manera abrupta pues "mientras el progreso de la ciencia y la educación laica y democrática no hayan modificado lenta y evolutivamente la herencia psicológica de los pueblos hispano-americanos, es no sólo inútil sino peligroso pretender suprimir la influencia cultural de la religión"
¿Don Laureano claudica. Entrega sus principios? ¿Qué ocurre con el "natural" enfrentamiento entre positivismo y catolicismo? Y es que, Vallenilla Lanz y sus similares, "serán en lo personal agnósticos o francamente ateos, y considerarán a la religión un estadio superado (…) de la evolución civilizatoria, y dentro de ella, a la cristiano-católica, con sus anatemas antimodernos". Y en contraparte, "la Iglesia católica no dejó tampoco de verlos [a los positivistas] como unos pecadores, unos incrédulos, herejes y apóstatas, ahítos de errores muy graves como el racionalismo, el materialismo, el cientificismo y el naturalismo".
El asunto se resuelve con un franco pragmatismo, sin disimulo. Una idea utilitaria de la catolicidad, en momentos en que la nueva sociedad, desde la égida positivista y bajo la tutela del Gendarme Necesario, debe echar las bases, procurar su génesis para un futuro desarrollo. Un gradualismo que no sólo propone Comte, sino que en Venezuela hará crisis –más allá del aspecto religioso- con la asonada del 18 de octubre de 1945. Vallenilla Lanz explica lo que pudiera ser catalogado de "incoherencia" de pensamiento al justificar que:

Yo no veo en el catolicismo, como en ninguna otra religión, sino su grande e imprescindible e insustituible utilidad social; el aporte que pude dar –dentro de los estrictos límites de sus funciones sociales- a la obra de la reconstrucción nacional, sin exponer su prestigio a los embates de las luchas políticas (…) La moral sin Dios está muy distante de ser todavía un credo para las multitudes. Separar la religión de la moral, en pueblos de mentalidad rudimentaria, es un error difícilmente corregible.

Ahora bien, la idea de "moralizar" al país de "poner orden" y cambiar el rumbo nacional, van a coincidir con un momento histórico de la Iglesia Católica universal, y en particular con la Iglesia venezolana. El catolicismo se embarca en un proyecto de "Restauración Eclesiástica" para reponerse de todo el negativo ambiente del siglo XIX, con el predominio del Liberalismo, y en especial en la era del Ilustre Americano, cuando el guzmanato llegó a niveles cercanos a una persecución religiosa. En las postrimerías de la décimo novena centuria, la Iglesia busca recuperar espacios perdidos en la sociedad venezolana, dentro de un proceso donde "tanto la búsqueda del orden como la ‘restauración’ de la Iglesia no fueron fenómenos exclusivamente venezolanos; en el resto de América Latina estaba pasando algo similar".
En el Concilio Plenario Latinoamericano de 1899, El Vaticano propone una actitud de enfrentamiento, activa y no pasiva contra la modernidad, a la que considera una "amenaza" contra el catolicismo. Las recomendaciones papales son recogidas luego en la Instrucción Pastoral de 1904 de los Obispos venezolanos, donde arremeten contra el evolucionismo, el racionalismo y el positivismo. En síntesis, en un fuerte viraje al conservadurismo, la Iglesia intenta retomar su papel moralizador, su lugar de referencia, y dejar la actitud meramente defensiva, de arrinconamiento. Con el ideario de Santo Tomás, el Papa León XIII proclama que el orden social debe estar influenciado por Dios. El "neotomismo" que lleva al "eclesiocentrismo", donde el mundo es visto por los ojos de la Iglesia, Dios es el centro de todo, y no el hombre, lo que nos regresa al medioevo.
La síntesis es el "Integrismo Católico", la amalgama de lo religioso con lo político y en su contraparte, el surgimiento de un "liberalismo conservador" inspirado en los postulados más utilitarios del positivismo, a los fines de hacer operativo el régimen de mano dura, y las acciones moralizantes de la Iglesia, tal como lo acota el historiador Tomás Straka:
Ese integrismo católico también tuvo cosas que decir, cómo, cuando las cabezas de la elite buscaron en el clero una colaboración para imponer su orden, lo encontraron no solamente bien dispuesto (…) para la tarea, sino también con su propio análisis de la realidad venezolana y con propuestas más o menos claras para abordarla. Propuestas, por cierto (..) que mostraron tener más coincidencia con los positivistas en sus aplicaciones prácticas, bien que no en sus miras, digamos "trascendentes".

La relación simbiótica entre el régimen modelo del positivismo, la tiranía gomecista, y la Iglesia Católica, dará sus frutos. En un país sin conciencia real de nación todavía, donde la acción y la presencia del Estado, era casi nula, por razones físicas, geográficas, técnicas o humanas, el más humilde párroco o misionero en el lugar más apartado de la geografía patria, debía ser un aliado y no un quinta columna. Institucionalmente, la Iglesia será otro de los sostenes del Brujo de la Mulera, "un mal menor" como el Internuncio Pietropaoli admitiría, en momentos en que los hombres de sotana pasan a ser un agregado social con privilegios.
La "reinstucionalización" eclesiástica es evidente, no sólo palpable en el ánimo colectivo, sino también desde el punto de vista estadístico, con la multiplicación de las Diócesis, Obispos, seminarios, sacerdotes, colegios, hospitales, misiones, congregaciones religiosas de ambos sexos y todo un clima favorable que borra (al menos hasta 1947) aquellos años de férreo enfrentamiento Iglesia-Estado.
El Tirano andino llega hasta ser distinguido con la Orden Piana de la Santa Sede, y serán las "excepciones" encarceladas, las voces disidentes dentro de los hombres de Fe. El silencio, calificado de complicidad por la oposición al régimen, será la norma hasta que el "Padre Severo" de todos los venezolanos, entregue su alma al Altísimo al filo de la medianoche del 17 de diciembre de 1935.
La Iglesia venezolana que amanece, junto al resto del país a la era postgomecista, dista mucho de aquella modesta y débil institución de principios de siglo. Había logrado una reinserción en una sociedad, más católica por tradición, por herencia, por costumbre, que por arraigo de sólidas creencias y dogmas.

FUENTES:
CABALLERO, Manuel. Gómez, el tirano liberal (Anatomía del poder). Caracas, Alfadil Ediciones, 2003.

PLAZA, Elena. "El positivismo y la religión, laberinto Teórico". Caracas, febrero de 1996, Mimeo.

STRAKA, Tomás. Un reino para este mundo. Caracas, UCAB, 2006.

VALLENILLA LANZ, Laureano. "Notas sobre religión". En: Críticas de sinceridad y exactitud. Caracas, Editorial Garrido, 1956.

martes 22 de julio de 2008

23 DE ENERO DE 1958: cuando el consenso superó los extremismos

La madrugada del jueves 23 de enero de 1958 el último dictador del siglo XX venezolano abandona, desde la base aérea de La Carlota, la ciudad de Caracas. Diarios como El Nacional imprimieron ediciones extraordinarias con inmensos titulares con no menos rimbombante contenido: “Derrocada la tiranía”. El general Marcos Evangelista Pérez Jiménez dejaba el país, y atrás un enigma sobre el futuro del llamado “Gobierno de las Fuerzas Armadas”.
Había pasado casi una década del ensayo militarista venezolano, cuando el 24 de noviembre de 1948, la oficialidad que depuso al presidente Medina tres años antes, se desembaraza de su socio incómodo, el partido Acción Democrática que, irónicamente, se creía en la plenitud de una apuesta civilista, inédita en el país. Luego del derrocamiento de Rómulo Gallegos la institución castrense en el poder evoluciona en sus formas y en sus métodos, hasta llegar a ese punto de quiebre que significa las elecciones del año 1952. De la “dictablanda” a la “dictadura”, pero con un ingrediente que de forma paulatina dejará sentir su peso para luego revertirse contra quien lo intenta aplicar: el personalismo.
Aquel régimen verde oliva deja de ser corporativo para revivir un fantasma contra el cual se habían alzado los fusiles más de un lustro atrás: la autocracia. Pérez Jiménez ya no es el representante o cabeza visible de sus compañeros de armas, sino un ambicioso déspota con un proyecto individual, junto a una camarilla –ahora de civiles- que trastoca el espíritu octubrista. El fraude plebiscitario de 1957 señala sin medias tintas el viraje de quien pregona el “Nuevo Ideal Nacional”.

¿Por qué, si se trata de un gobierno de ‘las Fuerzas Armadas’, debía ser Pérez Jiménez su único Presidente? ¿por qué no había sucesores? Con el plebiscito del 57 Pérez Jiménez demuestra definitivamente al Ejército que su único interés era gobernar y no importa en nombre de quién.(1)

La caída de Pérez Jiménez será un “asunto militar” esencialmente, pero no en exclusiva. Restarle peso al aspecto castrense es un error; pero lo es también colocarlo como el único factor que contribuyó a la huida del dictador tachirense. Otros actores, con menor grado de influencia sin duda, venían ejerciendo presión, como el caso de los partidos políticos, que aunque en su mayoría ilegalizados, perseguidos y casi exterminados, luchaban en la clandestinidad contra la dictadura.
Con todas sus limitantes, la Junta Patriótica es la expresión “civil” de esa resistencia. Pero también convergen la Iglesia, con malas relaciones con el régimen luego de la pastoral de Monseñor Arias y el encarcelamiento y posterior destierro de esa suerte de esa suerte de “operador político” de los hombres de sotana, llamado Rafael Caldera, líder fundador del partido COPEI.
En la sumatoria de elementos no podía quedar por fuera el poder económico. La burguesía criolla había vivido una era de esplendor en el quinquenio perezjimenista. Un régimen de derecha, anticomunista y muy proclive a dar todas las facilidades y protección a la economía de mercado, con la bendita protección del maná petrolero. Sin embargo, aquel gobierno de positivismo edulcorado comienza a experimentar algunos contratiempos en sus arcas hacia 1957, que le impiden cumplir con sus compromisos internos y externos, al tiempo que la fortaleza de los hidrocarburos merma como arma para el sometimiento o el “convencimiento”, por las malas o por las buenas.
La tradicional postura acomodaticia de los grandes apellidos se manifiesta cuando el mandamás de Michelena está a punto de perder el sólido basamento que lo hacía parecer como atornillado en Miraflores. Con un panorama tan adverso, sólo era cuestión de días, contados a partir de la intentona del coronel Hugo Trejo en año nuevo de 1958, que Pérez Jiménez dejase el camino libre a un nuevo orden de cosas. O en un primer instante, aquel 23 de enero, no tan “nuevo”, si consideramos que son las Fuerzas Armadas las que asumen el control del país. Ya no reconocen a quien se pretendía como su líder o representante en un proyecto gubernativo más de carácter institucional que caudillista, aunque sería impropio o inexacto el término, pues no fue precisamente la popularidad y el carisma, lo que caracterizó al general que escapa en la “Vaca Sagrada”.
El 23 de enero de 1958 demuestra algo adicional en los distintos componentes armados: la falta de unanimidad o cohesión perfecta. Ya eran palpables diversas tendencias que hacen moviendo pendular del centro a la izquierda, y del centro a la derecha. Siendo una acción básicamente militar, podría constituirse en un mero trámite, de un nombre por otro ¿de Pérez Jiménez a Larrazábal?, pero no fue así. Las fracturas de los uniformados no permiten la continuidad imperturbable del gobierno de las Fuerzas Armadas, más allá de la anulación de las tentaciones personalistas. Ya el asunto no era simplemente neutralizar a un aprendiz de autócrata, a un déspota en jugada individual, para devolverle el carácter corporativo al régimen.
En muchos aspectos ya no era la Venezuela de 1945, ni la de 1948, ni aquella que –pasmosa tranquilidad- vivió y padeció los fraudes de 1952 y 1957. Existía un germen recorriendo las entrañas de la sociedad –lentamente sin duda- pero haciendo efecto, desde febrero de 1928. Una segunda manifestación se produce en febrero de 1936, con la inevitable apertura lopecista, para entrar en ebullición en el trienio adeco; ese particular ensayo político donde un civilismo partidista (extremadamente confiado) compartió el lecho con su más acérrimo enemigo: el militarismo.
La efervescencia social, en todos los estratos y sectores, que se da en 1958, recuerda precisamente aquella Venezuela de diciembre de 1935. Horas antes del fallecimiento del tirano Juan Vicente Gómez, nadie podía pensar una locura colectiva devenida en saqueos y reclamos de libertad y respeto a los derechos elementales del ser humano. Igual en el ocaso del Nuevo Ideal Nacional. Aunque las fisuras podían ser detectadas, meses antes del fraude plebiscitario de 1957 y del alzamiento de Trejo del 1° de enero de 1958, nadie imaginaba que, en menos de un año, los venezolanos iban a elegir por voto universal, directo y secreto, un nuevo presidente y congreso nacional.
¿Midieron esa posibilidad los militares encabezados por Larrazábal? ¿Pensaron que al alzar vuelo la Vaca Sagrada iban a un “mero trámite” entre iguales, es decir, entre militares? ¿Podrían darle la espalda a la sociedad entera y gobernar solos? La calle les envió otras señales, incluso, las elites económicas, intelectuales, sindicales y gremiales, también dieron un discurso distinto. Así como López Contreras no pudo aplicar un “guión cerrado” un “caletre” de Gomecismo sin Gómez, mucho menos se pretenderá en enero de 1958 un Gobierno de las Fuerzas Armadas, pero sin Pérez Jiménez. Cualquier vínculo, aunque sea simple puente para unir la transición del pasado con el presente, recibe las más agrias manifestaciones de rechazo.

En esa misma calle que, al anunciarse la composición de la nueva Junta de Gobierno, militar, en su totalidad, se vuelve a desbordar protestando por su presencia en ella de dos de los más sombríos representantes del régimen anterior, los oficiales Abel Romero Villate y Roberto Casanova. El nuevo gobierno cede y los dos militares son sustituidos por dos empresarios civiles, Eugenio Mendoza y Blas Lamberti.(2)

Un aviso que no deja lugar a malos entendidos y que va perfilando lo que ha de ser la nueva realidad política que debe “parir” el 23 de enero 1958: un rechazo a los extremismos, en este particular, al militarismo de derecha, doliente del perezjimenismo y que busca subsistencia tras el derrocamiento del dictador. Mal cálculo por lo demás, que no es el caso de la burguesía criolla que, irónicamente, aprovecha un rol de mayor protagonismo cuando son defenestrados sus anteriores protectores. Pueden hacer ciertas concesiones, pero nunca consentirá una escalada marxista en Venezuela. La habilidad de los “amos del valle” hará sentir su influencia para que el otro extremismo, el de izquierda, también sea desechado en el país que se diseña en aquel momento.
Claro que, sobre esto último, no sólo será empeño del empresariado, sino del Iglesia Católica, lo cual obligará al principal partido nacional a hacer casi una “profesión de fe” para expiar cualquier pecado rojo. Acción Democrática debía dar garantías de no provocar, siquiera, la más mínima sospecha de simpatías con Moscú. Fresco estaba el recuerdo del Trienio, cuando el decreto educativo 321 enfrió para siempre las relaciones entre el partido de Juan Bimba y los representantes de Dios en la Tierra. Por si fuera poco, un héroe de la Segunda Guerra Mundial gobernaba en la primera potencia del planeta, y para colmo de males, era Republicano. Era el mismo gobierno que había catalogado, en un escenario de Guerra Fría, a Marcos Pérez Jiménez como un “presidente modelo” para Latinoamérica y fiel defensor de los intereses norteamericanos en la región. Ese actor, llamado Estados Unidos de América, no podía ser tomado a la ligera, si el régimen en gestación quería tener futuro. No era una crisis política en Barbuda o Martinica, sino en un suplidor vital de petróleo para el hemisferio occidental, y donde inmensas inversiones estadounidense estaban en juego.
La “profesión de Fe” anticomunista de la cual hablamos, queda plasmada el 31 de octubre de 1958, cuando Rómulo Betancourt (AD), Rafael Caldera (COPEI) y Jóvito Villalba (URD) acuerdan el histórico “Pacto de Punto Fijo”. Betancourt, sin tener que dar muchas explicaciones, con dos simbólicas acciones, ya está dejando por sentada la naturaleza de su futura acción de gobierno. En primer término, está en el pacto un partido socialcristiano (COPEI), cuyo líder puede ser cualquier cosa menos de izquierda, y otra organización política, mucho más hacia el centro incluso que AD (URD) y de génesis antiadeca. Y en segundo lugar:

Quedó fuera de esa firma el Partido Comunista de Venezuela, PCV. Lo establecido es que fue Rómulo Betancourt, máximo dirigente de AD y su candidato presidencial, el que propuso esa exclusión, afirmando incluso algunos que no sólo la propuso sino que la impuso. (3)

Los puntofijistas se alejan lo más posible de la órbita soviética, de un proyecto internacional, que llevaría –a su entender- a otro tipo de dictadura a la sociedad venezolana. Básicamente Betancourt, confiado en su triunfo, aunque los ánimos de las grandes ciudades no le eran favorable, experimenta el exorcismo comunista, para recibir la venia de los militares(4), los empresarios, la Iglesia y Washington.
La tendencia centrista será la búsqueda máxima del consenso frente a la negación de cualquier posibilidad de conflicto que socavara las bases del endeble régimen democrático que en 1958 busca dar sus primeros pasos, con un inmediato antecedente dictatorial, un futuro incierto y un presente lleno de dificultades de todo tipo, incluyendo una crisis económica en desarrollo. El consenso implica tratar de complacer a todos los sectores sin perjudicar al otro, pero con la salvedad de no contar en este acuerdo con ningún extremo que radicalice posturas y trastoque la relativa paz nacional. O al menos, que no implique un retroceso, o un experimento ajeno a la realidad venezolana, que nos catapulte, incluso, una conflictividad de repercusión internacional. Así que ni la extrema derecha ni la extrema izquierda tendrían cabida en el puntofijismo, sino una democracia de tipo reformista, amparada, socorrida y protegida por el Dios Petróleo.
El oro negro como herramienta de arbitrio entre todos los actores de aquella sociedad que aún despierta del letargo opresivo. El consenso se impondrá a los extremismos, y será el sello de los gobiernos por venir, hasta que el modelo haga crisis al cumplir sus primeras tres décadas.
NOTAS:

(1) PLAZA, Elena. El 23 de enero de 1958. Caracas, UCV, 1999, p. 95.
(2) CABALLERO, Manuel. Las crisis de la Venezuela contemporánea (1903-1992). Caracas, Alfadil Ediciones, 2003, p. 140.
(3) URBANEJA, Diego Bautista. La política venezolana desde 1958 hasta nuestros días. Caracas, Centro Gumilla/UCAB, 2007, p. 11.
(4) En este caso podrías referirnos a militares institucionales, moderados (centro) e incluso la derecha que al menos no tendrá temores (por los momentos) de una tentación muy hacia la izquierda de estos adecos de 1958. La historia posterior evidenciará la presencia de un núcleo importante de uniformados de izquierda, que protagonizarán algunas intentonas en los primeros años de la década de los ’60, al igual que un reducido grupo de la descontenta e inconforme oficialidad derechista.

lunes 26 de mayo de 2008

CIVILISMO Y MILITARISMO: SIAMESES DE UN PARTO PREMATURO

... un 18 de octubre, llamado "Revolución".


En 1928 comienza en Venezuela una forma distinta de hacerle oposición al consolidado régimen del tirano tachirense, Juan Vicente Gómez. Pero más que una manera innovadora de enfrentar a la opresión del andino de “asiáticos rasgos”, surge en el país una manera nueva de hacer política. El hombre que asume una postura, un “partido” no es el que empuña su sable o dispara sus fusiles. No es el que organiza una montonera y a caballo se precipita sobre una ciudad, llegando hasta el saqueo. La “Generación de 1928” marca un hito al convertir la política en un ejercicio de ideas, y no en la práctica de la violencia y los campos bañados en sangre. Los universitarios de aquella semana del estudiante dan el primer paso para enterrar la hegemonía del caudillismo, para más tarde instaurar un modelo de relación entre los ciudadanos y el Estado, nunca antes visto en Venezuela.
Años antes de aquel ensayo cívico que devino luego en cárcel y destierro para muchos bisoños, se estaba formando otra generación. Desde comienzos del siglo XX, y en especial en los primeros años de Gómez, mientras buena parte del país pensaba que la luna de miel –en dictablanda- sería eterna, el “Pacificador” impulsaba con especial ahínco una obra inconclusa de su defenestrado compadre: La Academia Militar.
Si una institución debía garantizar al menos dos de los tres principios del lema del gomecismo, esa sería el ejército. Unión y paz, bajo la tutela de un cuerpo armado nacional, sin compromisos ni otras lealtades intermedias, que no fuesen la del Jefe Supremo de la República que –cual Luis XIV- representaba en sí mismo toda la estructura del Estado. Venezuela comienza a tener unas Fuerzas Armadas profesionales, con formación incluso más allá de nuestras fronteras.
La sociedad venezolana experimenta entonces durante el período gomecista dos evoluciones en paralelo: la primera del mundo político “civil”, y la otra en la institución castrense. Son dos génesis, porque en los años precedentes no puede hablarse ni de ejército nacional, ni de una forma de acceder al poder en el país que no fuese por la acción directa de un caudillo, o gracias a la influencia o manipulación del “mandón de turno”. Ambas realidades no convergerán de manera contundente sino mucho después de la muerte de Juan Vicente Gómez, y sus dinámicas internas sufrirán procesos distintos, aunque al final el objetivo de protagonizar los más decisivos capítulos de la historia vernácula tenga para ese entonces una fuerza imparable.
La llegada del General Eleazar López Contreras a la presidencia de la república supuso una dicotomía para los venezolanos. Por una parte, la esperanza (en el entendido de no poder existir nada peor que Gómez) de una etapa nueva en la vida nacional, caracterizada por la apertura, la tolerancia y el respeto a los más elementales derechos humanos. Sin embargo, ese optimismo colectivo chocaba de inmediato con una realidad inocultable: el “gomecismo” como “sistema” estaba aún intacto, y sus instituciones y personeros todavía deambulando y ejerciendo influencia. ¿Podría catalogarse a López Contreras como un “gomecismo sin Gómez”? Al menos los sectores privilegiados en las casi tres décadas de dictadura que acababa de morir con su amo en Maracay, era poco lo que estaban dispuestos a ceder.
El período de lopecista supone un segundo debut para aquel grupo (ya no tan jóvenes e inexpertos) que en 1928 enterraron el siglo XIX y dejaron en evidencia a un Gómez estancado en las viejas prácticas de un país alejado de la modernidad. (1) La actividad político-partidista (no sin muchos recelos) comienza a ser parte de la cotidianidad, así como la efervescencia sindical. No todo era perfecto y el tabú comunista es asunto de Estado, y queda impreso como explícita prohibición en la Carta Magna.
El sistema electoral mantenía la escogencia del presidente de la república en un proceso de “tercer grado”, existiendo sólo el sufragio directo para los concejos municipales y asambleas legislativas, pero con el no muy insignificante detalle: sólo pueden hacerlo los varones que sepan leer y escribir. Más de medio país está excluido del ejercicio de su soberanía, lo que convierte a la democracia post-Gómez en un asunto de elites y minorías.
He allí donde se centrará uno de los más radicales reclamos de los sectores de oposición, principalmente el que comienza a liderar uno de los protagonistas del ’28: Rómulo Betancourt. La elección universal directa y secreta de los Poderes Ejecutivo, Legislativo, regional y municipal, figurará en la agenda política como punto de honor de quienes están en la acera de enfrente de los herederos del Benemérito; así como otras libertades que –en sintonía con la anterior- podrían llevar a la país a una democracia más auténtica y hasta “menos hipócrita”.
Al igual que su mentor, López Contreras hace descansar buena parte de su fortaleza como gobernante en el ejército. Para finales de los años ’30 estamos ante una institución donde la oficialidad “con escuela” comienza a sentir el abismo entre los viejos “chopos de piedra” (donde se incluye el mismísimo presidente, quien lo asume con orgullo) y quienes tienen una visión distinta de las Fuerzas Armadas y del país. Pero no sólo es una grieta “intelectual” (si cabe el término) sino además en un terreno hasta más doméstico –pero no por ello menos sensible- de las hondas diferencias socio-económicas entre el alto mando y los estratos medios y bajos del cuerpo uniformado.
Así como el país, las Fuerzas Armadas era el reflejo de una etapa aún no superada, aunque en pleno proceso evolutivo. Añejas estructuras, antiguas relaciones de poder, con sus grupos rebosantes de prebendas, ante una mayoría que está al margen de las grandes decisiones y del reparto de la riqueza.
El gobierno de Isaías Medina Angarita arranca en medio de un océano infectado de submarinos fascistas y un conflicto mundial de grandes proporciones. El nuevo mandatario andino supone un paso más en la transformación política venezolana, pero no satisface por completo (2). Más tolerante y abierto que su antecesor, Medina se enfrenta una vez más al gran problema de su propia sucesión. Aunque él mismo había protagonizado un hecho inédito en la historia reciente del país, como lo era el ascenso a la primera magistratura del país en el marco constitucional y sin necesidad de una rebelión, no será así su salida de Miraflores.
El medinismo deja como tarea pendiente la posibilidad de elección directa del presidente de la república, y los avatares que tienen signos hasta clínicos en aquel año 1945 con la pérdida de la posible carta de salvación para evitar la hecatombe: Diógenes Escalante.
¿Era inevitable el 18 de octubre con ese escenario? Los más acérrimos críticos de aquel golpe militar afirman que –contradiciendo a Betancourt- la frustración fue a la inversa. La “evolución natural” del estado de cosas, nos llevaría “algún día” a un sistema político con las libertades exigidas desde febrero de 1936, y que sólo era cuestión de tiempo, pero la ambición de una camarilla militar, en complicidad con un partido político desesperado por posesionarse en Miraflores, dieron al traste con una línea sin traumas.
Esa premisa, con su poco velado acento positivista, nos lleva al terreno de las especulaciones, y peor aún, de la adivinación. ¿Qué pensaban en diciembre 1908 los que lanzaron vítores a Gómez y pedían la cabeza de Castro? Aquella “evolución dentro de La Causa” encerró a Venezuela en casi treinta años de tiranía unipersonal. La posible “evolución” protagonizada por el medinismo tampoco era garantía para futuros y sensibles cambios en el país.
El Cesarismo Democrático pasaba ya demasiado como excusa para mantener el establishment. Si es por no tocar privilegios y un status quo determinado, el pueblo jamás estará preparado para darse por sí solo el sistema de gobierno y, más puntual aún, los gobernantes que más le convienen. Quienes desde el poder tengan que hacer frente a la necesidad de abrir los aliviaderos de los reclamos colectivos represados, siempre encontrarán en la ignorancia y el analfabetismo político (que ellos mismos han propiciado) el as bajo la manga del continuismo y la reacción.
El 18 de octubre de 1945 es, en principio, un golpe de estado. No vale edulcorar la historia. Lo que puede catalogarse o no de “revolución” o “transformación profunda” es lo que vino después, lo que se conoce como “El Trienio Adeco” (1945-1948). Decimos que es un golpe de estado, porque con todas sus imperfecciones el gobierno de Isaías Medina Angarita estaba revestido del manto de la legalidad constitucional como ya hicimos referencia líneas atrás. Un golpe que se rebela contra un hecho objetivo que aún no ha ocurrido: la elección en el Congreso de la República del general Eleazar López Contreras para el período 1946-1951 y, por lo tanto, un mayor retroceso hacia la consolidación democrática del país.
Anteriormente dijimos “un golpe militar”. Sí, porque es la oficialidad de Academia (muchos alumnos incluso del presidente depuesto) los que lideran la asonada de octubre de 1945. No fue algún trasnochado caudillo sobreviviente del gomecismo, no fueron civiles que dejaron sus labores cotidianas para tomar un arma y deponer a un gobierno, sino que toca el turno a nuevos actores: el militar de carrera. Es el hombre que desde su adolescencia se ha dedicado única y exclusivamente a la formación castrense como modo de vida, tanto en la paz como en la guerra. El cuartel es su hogar y la profesión uniformada su razón de ser. Tamaña grieta con la Venezuela que hace tan solo diez años fue enterrada en los valles de Aragua, un 17 de diciembre.
El 18 de octubre de 1945 nace en la vida nacional: el militarismo, y queda atrás el caudillismo. Las Fuerzas Armadas como un nuevo partido, como cuerpo deliberante y de participación directa en los asuntos patrios; como gran árbitro de las coyunturas. Pero, de manera paradójica, es un parto de siameses. El propio 18 de octubre, montados en ese portaaviones, ocurre otro hecho inédito: civiles que ocupan la presidencia y las más altas funciones del gobierno. El otro siamés en este apresurado parto: el civilismo.
¿Relación simbiótica? Sin duda que ninguno de los dos podía subsistir en un primer momento en esa aventura octubrista sin el otro. Un puñado de oficiales desconocidos que rompen con el paradigma del caudillo en armas, el hombre carismático y popular, deben subsanar esa “carencia de pueblo” de la forma más práctica: con el partido político de mayor arraigo y extensión territorial, como lo era Acción Democrática.
La tolda blanca, la gente que acompaña a Betancourt, Leoni y Prieto Figueroa, de esperar la “presunta” evolución defendida por los medinistas, hubiesen sido muchos los lustros antes de llevar a la praxis su plataforma programática. Con un sistema (a la usanza del viejo PRI mexicano) donde el Jefe de Estado se da el lujo de escoger a su sucesor, con la seguridad de tener un parlamento obediente para la elección de tercer grado, era muy poco el margen para la acción política. Ambos actores: AD y militares, tenían un “techo bajo” con el viejo sistema que buscan derrocar.
Sin embargo, los adeístas (“adecos” para la propaganda reaccionaria de la derecha) han hecho un “pacto con el diablo”. En maquiavélico cálculo, los civiles se han aliado con sus verdugos. El ensayo revolucionario de octubre viene al mundo con un pecado original. Quienes desde 1928 andan por Venezuela y el mundo haciendo una propuesta distinta, prometiendo nuevas caras, pero además nuevas ideas (o mejor dicho, proponiendo ideas) y otros procedimientos, sucumben a la tentación armada.
No conformes con ello, caen en un sectarismo que raya en la persecución y la discriminación política. Aliados en la primera hora hacen tienda aparte en poco tiempo, indignados con la venganza política disfrazada de juicios de peculado, y por la violencia como norma para dirimir las diferencias doctrinarias. El jefe de la democracia cristiana denunciará el caldeado ambiente legislativo: “…tuvimos que debatir intensamente con una mayoría que se consideraba dueña del país”. (3)
El día 18 de octubre de 1945 fue un golpe militar, y lo que ocurrió luego, hasta el 24 de noviembre de 1948, no puede llamarse “revolución” en el apego estricto al idioma, pero sí un proceso de importantes cambios. Entre ellos, el más significativo y que sí honró la palabra de quienes lo defendían desde los tiempos del lopecismo, fue la institución del voto universal, directo y secreto, sin ningún tipo de distingo por raza, sexo, condición social o intelectual. Un logro que el decenio militarista no se atrevió a derogar, y prefirió el fraude como estrategia para el disimulo.
Este quizás sea el verdadero o el más revolucionario de todos los actos del Trienio Adeco. Tanto que en ensayos políticos que vive Venezuela, con todo y la idea de instaurar una autocracia, el voto universal no queda a un lado, y tal vez pueda ser uno de los pocos derechos ciudadanos que aún sea efectivo, de triunfar en algún momento un proyecto de concentración total de todos los poderes del Estado, ya no de facto, sino por la vía legal.
Pero la mortal alianza con una camarilla uniformada, que tenía su propia agenda y sus propias ambiciones, echa por tierra el primer intento por darle al país una democracia con mayúsculas, y no a medias, como la de la década López-Medina.


NOTAS:
(1)
Uno de los autores que comparte tal apreciación es Manuel Caballero, en su obra: Gómez, el tirano liberal (Anatomía del poder). Caracas, Alfadil, 2003.
(2) Rómulo Bentancourt. Venezuela política y petróleo. Barcelona, Seix Barral, 1979. El fundador de AD cataloga al gobierno de Medina como “la autocracia con atuendo liberal”, y más aún: “El Quinquenio de las frustraciones”, p. 161.
(3) Rafael Caldera. De Carabobo a Punto Fijo. Caracas, Libros Marcados, 2008, p. 100.